domingo, 25 de enero de 2009

Extraño a Bix








Cap. 1

El otro Bix


Aquella noche el Mujic y Bettinelli decidieron ir al Café Negro por primera vez; no estaban seguros de lo que podían encontrar, pero sabían que era un buen lugar para el comienzo. Al entrar -era alrededor de las 10-, los recibió una especie de conserje que con gestos amanerados les preguntó dónde preferían ubicarse, ya que el lugar estaba bastante lleno. Se consultaron con la mirada y sin dudarlo dijeron en inglés y al unísono “En la barra, gracias”. Ya lo habían conversado y sabían que si podían obtener algo, era codeándose con los parroquianos. Generalmente, los más borrachos y dispuestos a hablar siempre están allí. Al menos así lo habían visto en las películas. Norberto manejaba fluidamente el inglés; en cuanto a Mujía Jackson se las rebuscaba más o menos bien y podía mantener una conversación de forma aceptable. Se sentaron en un extremo de la barra para poder observar la mayor parte del salón, que no era muy grande, y comenzaron a recorrerlo con la vista. Un par de chicas morenas de polleritas rojoscuro, circulaban llevando los pedidos. Sintieron que la atmósfera los envolvía y se dieron cuenta que no sería la última vez que estarían allí. En el otro extremo, sobre un entarimado de poca altura tocaba un quinteto -piano, saxo tenor, guitarra, batería y contrabajo-. En ese momento ejecutaban Cotton Tail, de Ellington, lo cual corroboraba los datos de que se trataba de un sitio en el que se rendía culto al jazz anterior a 1960. El barman, al que, -luego se enterarían- llamaban Yiddle y se decía había sido cowboy y rabino, los miró con curiosidad cuando le pidieron sendas naranjadas en vasos grandes. Pero la sorpresa fue de ellos cuando uno de los músicos anunció que el próximo tema sería Simphatetic little star y señaló a un costado. Una mujer se acercó al micrófono y con voz aniñada comenzó a cantar. Si no se tratara de un vetusto lugar común, podría decirse que a los improvisados investigadores la-sangre-se-les-heló-en-las-venas. No tenían ninguna duda, ambos reconocieron a Rose Murphy por su peculiar estilo; pero era imposible, esta señora tenía que tener una edad en la que ya no podía estar en condiciones de cantar; casi se podría decir que muy raramente estuviera viva. Eso no fue “lo peor”. Tratando de disimular su estado de excitación interior caminaron entre la gente y las mesas para estar más cerca de los músicos y ver mejor. Rose Murphy cantaba dulce y seductoramente ¡No tendría más de cuarenta años! Jackson y Bettinelli volvieron a la barra cuando pudieron reaccionar, llamaron al barman y le pidieron otras dos naranjadas, esta vez con unas gotas de “algún alcohol” según sus propias palabras. Dos cosas eran evidentes: que algo especial estaba pasando y que no habían elegido el lugar errado.

Esa noche no les dio para más. Trataron de ponerse de acuerdo y resolver cómo encarar los próximos pasos mientras el piano hacía solos, intercalado entre el canto de la dulce Rose Murphy y las entradas del saxo tenor, pero no pudieron concentrarse, una y otra vez esa voz los atraía y llevaba a una época y un mundo en el cual ellos no habían estado, pero que muchas veces habían imaginado al escuchar jazz en sus casas de Buenos Aires. Lo agradablemente doloroso era que la música sonaba como en sus respectivos discos de colección.



Los últimos días de Julio Baxter



Lo hizo de mal humor. Precisamente por estar en las puertas de sus vacaciones, una pila de expedientes esperaban en su escritorio ¡Quién sabía a qué hora terminaría esa noche!

Julio Baxter se levantó esa mañana de fines de 1991 en Buenos Aires para ir a la oficina. Soñoliento cargó su cepillo para dientes. Miró en el espejo y al escuchar la música que venía de muy lejos, su boca se ensanchó en una sonrisa. Quedó agarrado unos instantes en el golpeteo de los tambores, un movimiento de cejas del pianista le indicó su entrada. Sopló en el agudo que reservaba para ese tema: “The Jazz me Blues”, mientras el foco daba en su corneta y el bronce destellaba. El fraseo fue impecable. Esa conocida improvisación que había creado, seguía siendo la admiración de todos y la envidia de los músicos que trataban de ganar el favor del público y los lugares de baile. Quebrando el tono, cedió el turno al clarinete de Don Murray cuando el timbre sonó insistente sobresaltándolo y Julio corrió a abrir. Era Carlos. Entró preguntando por qué no había contestado el portero eléctrico.

-Creí que te habías dormido. Insistí y como no contestabas , subí. Apurate que vamos a llegar tarde -le dijo.

Ese día en la oficina, su pensamiento alternó entre la sensación de esa mañana y sus cercanas vacaciones. Estaba decidido por Playa Norte. Unos baños de mar y sol le harían bien a su piel de empleado público. Al día siguiente sacaría los pasajes.

Por la noche llegó tarde a su casa. El ascensor no funcionaba y al encarar las escaleras y dar los primeros pasos hacia arriba, un haz de luz con humo y aplausos lo rodeó. Sacó un pañuelo limpio y tiró el otro a un costado. Los labios le dolían y pensó que debía cambiar por la boquilla grande. Pero le pedían con gritos “At the Jazz Band Ball” y ya sabía, tenía que ser con la misma. Marcó tres tiempos lentos y tres rápidos con el pie y atacó como solo él podía hacerlo. La base rítmica esa vez estaba reforzada por un bajista nuevo que había venido de Chicago y resultó una fiera. Por su lado Bill y Rollini, le armaban los contrapuntos a pedir de boca. A Frank se le notaba en los dientes, blancos como los de su piano: Deliraba de satisfacción.

Así llegó al quinto piso mientras la barra pedía más y más.

-¡Señor Baxter! ¡Señor Baxter! -Alguien lo llamaba desde abajo-. ¡Qué está pasando! ¡Sería preferible que el ascensor funcionara! ¡Haría menos ruido que la escalera con usted encima!

Era la portera que le reclamaba y él no entendió qué pasaba, sólo se recordó pisando los primeros escalones en la planta baja. Disculpándose entró al departamento. Al derrumbarse en la cama trató de pensar en Playa Norte, caderas de mujer, sol y se quedó dormido.

Si se tratara de describir el ritmo de esa noche para Julio Baxter, se podría contar lo que pensó en sueños. En principio debería encontrarse con Eddie Condon en Jackson Heights y resolver lo del contrato. Podía dejar buena plata, el lugar era de lujo y lo más importante: Se trataba de una temporada completa. Ese año de 1930 era en particular malo. Lo decían los entendidos en cotizaciones de Bolsa y si el grupo conseguía tocar durante tres meses, podían-llamarse-contentos.

Se ajustó el sombrero sobre la frente e improvisó:


“Turbulencia oriental

en el Pacífico misterioso

exactamente como tú

Georgia

con ánimo sentimental

estás volviendo loca mi mente.”


El acondicionador de aire zumbaba suavemente en el dormitorio de Julio cuando despertó. Una luna dura y brillante lo miraba por el agujero de la ventana abierta. Fue hasta el baño y metió la cabeza en el agua fría.

Era una locura, tendría que gastar todo su sueldo, el aguinaldo y todavía quedaría debiendo. Pero viajaría a Estados Unidos olvidando Playa Norte. Mientras se lo contaba a Carlos rumbo a las oficinas de Florida y Diagonal, él mismo dudaba de lo que decía. Esa tarde hizo lo más rápido que pudo su trabajo, pidió salir a las cinco y fue a la agencia de viajes de la galería. Su amigo Edgardo Porche le acomodaría la compra del pasaje. De vuelta en la calle fue a tomar un café y volvió a mirar el talonario para cerciorarse que era cierto. Saldría para Chicago en tres días. Miró el fondo del pocillo y se asomó a la posibilidad de encontrarse con Jean Harlow en Lake Forest. Si Frank le avisaba que él llegaba, seguramente viajaría para verlo. Con ella a su lado sería el mejor tocando Jazz.

Tres días más. Plaza de Mayo, enero, calor y palomas. Las cervezas con Porche y Carlos no alcanzaban a explicar nada. Cada tanto desaparecía en una explosión armónica. Lo había estado pensando, “Royal Garden Blues” debía proponerlo así: Corneta, clarinete y trombón harían la entrada juntos y con base de batería. Después un solo corto del saxo bajo de Rollini y entraría él con la corneta. Tenía claro que su ignorancia de las primeras épocas en usar la tercera válvula como una más, lo había enriquecido, y el tocar “a la dura” lo hacía sobresalir del resto de los trompetistas. Lo que no era claro para su música, era la vida que llevaba.

Ya se sabía que todos lo hacían y las noches de función, terminaban de madrugada, tirados en algún rincón bebiendo ginebra, o en cualquier hotel con las chicas del reflejo de cobre. Julio se estremeció. Ya en su casa, sentado a la mesa de la cocina, sintió que frente a él estaba el gordo Paul Whiteman.




-Oye Bix Baxter -le decía. Yo sé lo que sientes. Eres joven y quieres llevarte el mundo por delante. Ahora escúchame bien. Si dejas de fumar y beber como loco, serás el mejor.

En otra oportunidad, no recordaba cuándo, le había advertido sobre la mafia:

-En una palabra, te quieren liquidar. Tu barra se lleva los mejores contratos de los últimos meses y los tiempos no están para perder espacios. Cuídate de todas formas -le dijo.

El avión salió de Ezeiza en medio de un calor buenosaires. Treintisiete a la sombra. Julio no supo si podía respirar aliviado. La máquina carreteó y tomando velocidad se elevó en unos segundos. Pensó en “Since my best gal turned me down”: el ataque solitario sería desde el principio. Había notado que su “gang” se aletargaba un poco en ese tema, con excepción de Rollini que sacaba unas respuestas magistrales de su difícil instrumento. La azafata se acercó para repetirle por tercera vez que podía quitarse el cinturón de seguridad y sintió el frío del ambiente.

Aquella tarde del verano de 1931 se sintió realmente mal, hacía un calor insoportable en Jackson Heights. Tenían que tocar por la noche y para poder descansar puso a funcionar un par de ventiladores por encima de su cama. A la hora de la función la fiebre subía y en “Old Man River”, notó su bajón. Se sintió llevado al hospital y allí quedó internado. El propietario del Club donde actuaba, fue a visitarlo llevándole la nota de un desconocido que dijo ser escritor. Le enviaba un texto para componer con música que decía:


Perdón, te has envanecido

Tú sabes

el Jazz me entristece

Alguien robó mi novia en el gran baile

después de cruzar el río

Por eso desde que dejé mi mejor chica

siento tristezas del jardín real

! Wa - da - da !

Te crees el rey del ritmo

Solo tienes piel de gallina.


No tenía firma y más tarde cuando Bix ya había muerto, se supo que era un gángster contratado para liquidarlo esa misma noche al finalizar la función. La descompostura “salvó” su vida por unas horas. El doctor Thomas dictaminó pulmonía grave. Su organismo cargado de tabaco y alcohol no resistió.

Julio vio desfilar toda esa maraña ¿Qué hacía él en ese avión? ¿No tenía decidido veranear en Playa Norte desde meses atrás? Tendría que haber visitado al médico como le había aconsejado Carlos. Además llegaría a un país desconocido y en invierno. Se le ocurrió pensar que alguien lo estuviera esperando. Pero el viaje terminaba en Chicago y si por alguna extraña razón lo aguardaban, debería ser en ese pueblo con nombre de boxeador, ¿cómo era? Podría preguntárselo a la azafata. Hizo un esfuerzo por tranquilizarse, tratando de descubrir algo en su cerebro. Nuevamente se le presentó la figura delicada de Jean Harlow, llevaba puesto el vestido de estudiante de Ferry Hall y lo invitaba desde la platea a seguirla. Bajó del escenario en donde estaba tocando y fue hacia ella. Jean se daba vuelta de tanto en tanto para mirarlo y así transpusieron varios cortinados que aleteaban con el viento. Pronto se encontraron en el campo. Allí se sucedían colinas que ocultaban a Jean a corta, pero inalcanzable distancia. Volvía a verla y ella giraba su cabeza para sonreírle. De pronto, en lugar de Jean, un tipo con el sombrero echado sobre los ojos se plantó enfrentándolo y sacó algo parecido a una estilográfica. Apuntó directo a su corazón y disparó. La corneta voló por el aire. Jean echada de espaldas sobre el pasto lo miraba desde abajo, mientras él a impulsos del viento se fue alejando con rapidez en el cielo azul.

La voz de la azafata lo regresó. Debía ajustarse el cinturón pues se disponían a aterrizar. Julio aprovechó para preguntarle por ese pueblo. -Jackson Heights -le dijo ella, pero le informaría luego; no conocía detalles. Julio se quedó quieto en su asiento un largo rato después que el avión se detuvo. Fue el último en bajar. La azafata le indicó en la escalerilla a qué lugar debía dirigirse para seguir rumbo al pueblo que, según le dijeron, había tenido un pasado brillante.

Rebuscando en los rudimentos de su inglés de secundaria, se hizo entender en la terminal de ómnibus. Una chica le sonrió divertida y lo ayudó en la ventanilla de los pasajes. Se agacharon al mismo tiempo cuando levantaron sus valijas y se miraron. Faltaba media hora para la partida. Julio le señaló un bar. Pidieron café y trataron de contarse algo. Ella se llamaba Jean y viajaba a Lake Forest; debían tomar el mismo autobús. En el micro la chica quedó ubicada en los asientos delanteros, a Julio le tocó más atrás. Durante el viaje, Jean se dio vuelta varias veces para sonreírle.

-¡Jackson Heights! -avisó el chofer cuando detuvo el ómnibus. Julio bajó y sus miradas permanecieron mientras el autobús siguió camino con ella. Se dirigió al centro de la ciudad y en la calle principal se detuvo frente a la vidriera de una casa de música. Entre otros instrumentos relucientes había una corneta dorada en su estuche gastado. Una pieza de museo sin duda. Le pareció que sus válvulas se movían siguiendo una melodía conocida. El otro Bix atacó su parte de “Sorry” haciendo restallar las notas impecables. Se dejó sorprender con el contrapunto de Bill y aprovechó el impasse que provocó el piano de Frank para entrar al negocio y dirigirse a un empleado señalando el instrumento de la vidriera. Mientras lo sostenía en sus manos, alguien dio un grito y el empleado se echó al suelo.

-¡Es un asalto! -gritaron. Un personaje de sombrero corrió hacia la caja. Julio giró y vio que le apuntaban al pecho.

El disparo atronó el lugar y la corneta voló por el aire.

Hasta ahí, lo que se sabía. O mejor dicho, se suponía que podía haber ocurrido a su llegada al pueblo en cuestión.



Cap. 2



Varios meses después Carlos y Porche revolvían el enésimo café de sus vidas sentados en la confitería Odeón de la Avenida Córdoba en Buenos Aires. Ese día se habían sentido atraídos a elegir ese lugar y no otro. Más adelante contarían que habían querido producir un impacto en sí mismos para decidir de una buena vez qué harían por resolver la muerte de su amigo Julio Baxter y obviando la fuerte presencia y miradas de las mujeres que dominaban ese lugar de citas, se sentaron en un rincón alejado de la entrada. Hacía varios meses que Julio había emprendido unas extrañas vacaciones de las cuales no había regresado y el choque en ellos fue mayúsculo cuando se enteraron de su muerte.

El día anterior Carlos había llamado a Porche a la oficina de la agencia de viajes en donde trabajaba y le había dicho que tenía una punta para el dilema. Arreglaron encontrarse a las siete de la tarde al día siguiente mismo sin falta.

-Hagamos un “racconto” -dijo Carlos- Le venimos dando vueltas al asunto desde hace tiempo y lo único que hacemos es desesperarnos por su desaparición.

-Sí, no podemos quedarnos sentados pensando que fue “la fatalidad”. Hasta ahora le estamos escabullendo el bulto al fondo de la cuestión. Pero me dijiste que se te había ocurrido algo.

-Mirá. Julio no tenía nada que ver con la música de Jazz.

-De acuerdo- interrumpió Porche- aparte del gusto por el tango no le conocí otra afinidad musical.

-Exacto. Y por lo poco que sabemos murió admirando una corneta en un negocio especializado ¿Qué carajo hacía allí?

-No sabemos. Bueno desembuchá, qué se te ocurrió.

-A veces, no sé qué días de la semana por la tarde, recorriendo la radio, sin querer agarro un programa de jazz. No me interesa demasiado, pero el conductor, un tal Mujía Jackson, tiene una forma peculiar de hablar y de presentar los temas, que me engancha por un rato. Se nota que el tipo sabe un montón y se me ocurrió que podríamos empezar por averiguar más sobre el pueblo en cuestión.

-Jackson Heights- dijo Edgardo Porche.

-Exacto. No me preguntes por qué pero pienso que lo que le pasó a Julio tiene que ver con el lado oscuro del mundo del Jazz. Y no me refiero sólo a los negros.

-Bueno. Es una especie de tiro al aire, pero a veces cae un pato. Estoy de acuerdo en empezar por ahí y creo que sé por qué se te ocurrió la idea; fijate en la coincidencia de los nombres del pueblo y de este tipo que iríamos a ver.

-No tiene nada que ver, pero ya lo había pensado.

-¿Cuál sería el plan? -preguntó Porche.

-Empecemos por entrevistarnos con el tal Mujía Jackson porque ni siquiera sabemos si será accesible. La Radio en la que tiene su programa es Esplendid, que está, si no me equivoco, por acá cerca en el Centro.

Miraron la hora, llamaron al mozo y a modo de festejo por la decisión tomada, se pidieron un whisky con hielo cada uno mientras avanzaron imaginariamente con las acciones a seguir.



Cap. 3



Radio Esplendid era un sitio de trabajo y mucho movimiento al mejor estilo porteño. Porche llegó unos minutos antes y esperó fumando en la oficina de entrada. Les habían dicho el horario del programa que conducía el hombre en cuestión y allí estaban. Cuando Carlos llegó se dirigieron a la mesa de entrada y se anunciaron. En poco más Mujía Jackson cerraría el programa y podrían verlo. La chica les señaló una puerta con un cartelito luminoso que decía “En el aire”. Se arrimaron y escucharon apagadamente a M.J. anunciando en su extraña y monótona jerga el último tema: “Ahora amigos y como cierre por hoy escucharemos After you´ve gone por-mismo conjunto”. Al rato salió y Carlos y Porche lo encararon. Tenía un aspecto cordial, cincuenta y pico de años, morrudo y pelado. Al principio Mujía Jackson pensó que estaba frente a dos fanáticos del jazz y de su programa y se mostró muy afable, invitándolos a pasar a una salita para charlar tranquilos. Los amigos no sabían cómo encarar un tema tan extraño y M.J. cada vez entendía menos; sobre todo al darse cuenta que no sabían absolutamente nada sobre el jazz.

Lo que queremos de su buena voluntad es que nos ayude a dilucidar una cuestión que afectó a nuestro amigo y de la que tenemos la sospecha tiene que ver con el mundo de la música que usted domina- logró hilvanar Carlos finalmente.

Esto halagó en cierta medida a Mujía viendo que podía mostrar sus conocimientos y aceptó escuchar la historia. Pero tendría que ser en otro momento. Al despedirse, sorpresivamente les preguntó por el nombre del pueblo en el que había ocurrido el asunto y que Porche había mencionado al pasar, murmurando algo para sí mismo al escuchárselo repetir.

Qué les parece mañana en mi casa a las diez de la mañana. Es acá cerca en San Telmo, Libertad tres-veintisiete, tercero A. Estaré preparando el próximo programa.

Porche y Carlos aceptaron y lo vieron alejarse a pie con una mano en el bolsillo y en la otra una carpeta. Había resultado bastante accesible finalmente.



Cap. 4



Al otro día Bettinelli, todavía con los pelos revueltos por la mala noche pasada, levantó el teléfono y marcó un número.

-Hola -dijo-. ¿Con el Café Negro?

-Sí -contestaron del otro lado-. ¿Qué se le ofrece?

-Quería saber quién va a actuar esta noche.

-No estamos en condición de darle esa información, señor, ¿con quién estoy hablando?

-No importa, usted no me conoce, soy un parroquiano y además quería saber si la cantante de anoche era Rose Murphy -dijo Norberto.

-Lamento tener que repetirle que no podemos darle información al respecto -contestó la voz del otro lado-. Con el mayor gusto lo esperamos esta noche después de las diez. Y colgó.

Betinelli cortó a su vez y miró hacia la cama de Mujía Jackson. Este asomaba su pelada y unos ojos soñolientos por entre las sábanas.

-¿A quién llamaste? -preguntó.

-Al Café Negro. Casi no dormí anoche dándole vueltas al asunto. Me contestó una persona, creo que un hombre, pero no me quiso dar información sobre la cantante ni sobre el show de esta noche.

-A mí me pasó lo mismo, dormí como la mona. Decí que esto lo aceptamos con gusto porque ronda el mundo del jazz; pero me está dando un poco de miedo -dijo el Mujic-. Escuché que preguntaste sobre la cantante.

-Sí, no me quiso decir nada y me invitó a ir esta noche.

-Bueno, creo que tenemos que volver. Allí puede estar la punta del hilo -dijo M.J. mientras salía de la cama en calzoncillos rumbeando para el baño.

Bettinelli se frotó el pecho por debajo de su camiseta sin mangas, se levantó y fue a la cocina a preparar un café. Desde allí le gritó a su amigo.

-Se me acaba de ocurrir que para no esperar hasta la noche, podríamos hacer una pasada temprano durante la tarde. Ahora que lo pienso el tipo me dijo que con mucho gusto me esperaba después de las diez, ¿tendrá algo que ver?

-¿Con qué? -preguntó Mujía mientras se vestía en el dormitorio.

-¡Qué sé yo! Con algo ¿Querés el café solo o con leche? -contestó N.B.



Cap. 5



A eso de las cinco dieron unas vueltas por la vereda de enfrente al Café Negro. No notaron nada especial. La gente que circulaba era la misma que habían visto durante los pocos días que llevaban en Jackson Heights; blancos y negros por igual, con la ropa habitual para el verano. Cuando estaban por cruzar para entrar al Café, salió un hombre de raza negra con traje y corbata que encendió un cigarrillo y siguió viaje. Les llamó la atención que llevara puesto un sombrero de vestir de los que en Buenos Aires habían dejado de usarse hacía mucho tiempo. Pero no conocían las costumbres de estos americanos de los años ´90 y menos tratándose de un negro. Cruzaron y entraron. Adentro la atmósfera era limpia y el ambiente bien iluminado por la luz que entraba desde los ventanales del frente. Un mozo circulaba entre las mesas y otro recostado discretamente en la barra conversaba con el tipo que despachaba los pedidos. Este no era el mismo de la noche anterior y a los mozos no recordaban haberlos visto. Varios parroquianos ocupaban algunas mesas, solos o en pequeños grupos de dos o tres. Observaron que la mayoría consumían gaseosas o cerveza y uno o dos tomaban alguna bebida caliente. Las conversaciones eran más bien ruidosas y nadie parecía cuidarse de nada. Bettinelli y el Mujic esta vez eligieron una de las mesas cerca de la entrada para poder observar a los que entraran o salieran. El mozo que andaba circulando se acercó a ellos y saludando apenas, esperó el pedido. Norberto se adelantó y pidió dos naranjadas exprimidas en vaso grande. Sabía que M.J. se trababa con su rudimentario inglés, sobre todo haciendo pedidos de cualquier cosa que se tratara.

-Bueno, parece que acá hoy no pasa nada -comentó Mujía Jackson apoyando el vaso que había bebido casi de un tirón.

-No sé, es un poco pronto. Esperemos.

-En realidad el ambiente no tiene mucho que ver con el de anoche -insistió el Mujic.

-Es verdad, por eso mismo quería venir a esta hora -dijo N.B. con su naranjada a medio tomar.

-Por qué, ¿qué esperabas?

-Precisamente eso, que no pasara nada.

-¿Querés decir que las cosas pasan a la noche?

-Tengo la intuición que sí -dijo Bettinelli llamando al mozo para pagar.

Se levantaron y salieron a recorrer el pueblo del que, hasta el momento poco conocían. No podían descartar que aparecieran pistas en cualquier otro lado, pero todavía no se habían animado a ir al negocio de música en el que habían liquidado al amigo de los de Buenos Aires.



Cap. 6



Carlos y Porche llegaron poco después de las diez al departamento de Mujía Jackson en San Telmo. En la calle hacía algo de frío esa mañana. M.J. les abrió al primer toque de puerta y los invitó a sentarse en unos silloncitos individuales.

-¿Qué quieren tomar? -convidó.

-Lo que usted proponga -dijo Carlos.

-Yo a esta hora vuelvo a tomar mate como a la mañana temprano. En realidad me la paso tomando mate, sobre todo mientras preparo el programa para la Radio.

-¿Hace mucho que hace ese programa? -preguntó Porche.

-Diecinueve años; pero no siempre en Esplendid.

Carlos y Porche se miraron admirados.

-Aceptamos los mates -dijeron ambos.

Adivinando más preguntas M.J. les contó que siempre había sido fanático del Jazz y que desde muy joven con un primo pasaban noches enteras escuchando la música que los apasionaba. Con el tiempo se había ido convirtiendo en una especie de musicólogo especializado y esto lo había llevado a ser comentarista de Jazz, escribiendo artículos en revistas permanentemente. En la actualidad era un solterón de cincuenticinco y vivía de eso. Era solo y no necesitaba demasiado, según sus propias palabras.

-Les confieso que ayer me intrigaron cuando me dijeron que su amigo había muerto bastante misteriosamente en Jackson Heights. Ese pueblo tiene una historia muy rica ligada al Jazz. Pero cuenten lo más minuciosamente posible lo que saben -los animó Mujía.

-Nuestro amigo Julio -comenzó diciendo Porche- Baxter de apellido, era un porteño innato y en el verano pasado tenía dispuestas unas vacaciones en una playa argentina. Por esos días lo notábamos un poco raro, como ido por momentos. De repente apareció un día pidiéndome pasajes para Estados Unidos –trabajo en una agencia, acotó-, aduciendo que había cambiado de idea. Al principio me causó gracia y le pregunté qué pensaba hacer allá, ya que estaban en pleno invierno y no supo qué decirme. Obviamente le dije que sí, pero que tuviera en cuenta que se iba a endeudar a lo loco. Él tenía un empleo modesto.

-Era compañero de trabajo mío -continuó Carlos-, ganaba un sueldo común, como yo y cuando Edgardo me contó lo del pasaje nos dejó muy intrigados. Recuerdo que tratamos de que nos explicara el cambio, ya que teníamos gran confianza entre nosotros. Pero nunca nos quiso contar.

-Yo creo que más bien no tenía respuesta ni para sí mismo -dijo Porche-. Lo veíamos muy raro, muy ausente.

-Ahora bien -interrumpió Mujía-, qué los hace decir o pensar que la muerte fue misteriosa. Pero mejor, primero, ¿cómo se enteraron de su muerte?

Carlos y Porche se atropellaron para contestar, entusiasmados por el interés de M.J.

-Pasado un mes desde que se había ido, en la oficina se armó algún alboroto, sobre todo entre los jefes -dijo Carlos-. A Julio no le correspondían más de quince días de vacaciones. Al principio no le dieron importancia y cada uno pensó que habría pedido días extras, pero a continuación comenzaron las averiguaciones. Julio no era casado y llamaron para preguntar a sus padres. Yo me ofrecí a hacer alguna averiguación ya que lo tenía a Edgardo que le había provisto los pasajes.

-Los padres no estaban demasiado preocupados todavía, porque Julio era muy independiente, pero al aparecer nosotros comenzaron a alarmarse -siguió Porche-. Un día nos juntamos con Carlos y tratamos de encontrar algún hilo para dar con su destino final en Estados Unidos. Sin ese dato nadie podía averiguar nada.

-Entonces fue cuando recordé que una mañana mientras íbamos juntos a la oficina me contó que tenía que encontrarse con alguien en ese pueblo. Todavía no tengo explicación de cómo retuve el nombre de Jackson Heights, que para mí era una especie chino básico -explicó Carlos-. Se lo comenté a Edgardo...

-Y mientras yo me ocupé de hablar con los padres -interrumpió Porche-. Carlos habló en la oficina con el jefe de Julio. En definitiva combinamos entre todos una averiguación en la que intervino hasta Interpol y que nos llevó a enterarnos de su muerte.

-Me imagino el golpe al enterarse -dijo Mujía Jackson impresionado.

-Fue muy feo, le puedo asegurar, y lo sigue siendo; Julio era un tipo muy querido por todos y ni hablar de la familia.

-A continuación viajaron el padre y el jefe de Julio a Estados Unidos llevando todos los papeles necesarios para traer el cuerpo, que gracias a Dios y a las leyes de allá, mantenían por un tiempo en la morgue; ya que en los documentos figuraba como turista en tránsito -dijo Carlos.

-¿Saben si al padre le hicieron algún comentario sobre el hecho? -preguntó M.J.

-Creemos que no hubo informe especial; para los americanos se trató de una muerte a raíz de un asalto, como tantas otras. Y en aquellos momentos no quisimos preguntar más, por respeto a lo doloroso de la situación.

Mujía se rascó la pelada y dijo algo así como que era muy interesante, además de lamentable, ya que había varias cosas que le habían llamado la atención en el relato, y cuando Porche y Carlos le preguntaron a qué se refería, contestó preguntando a su vez, qué era lo que los llevaba a ellos a imaginar una muerte misteriosa.

-Bueno -dijo Porche-, lo más llamativo fue el cambio de dirección en el destino de sus vacaciones...

-Y lo otro era el extraño comportamiento en los últimos tiempos antes de su partida -completó Carlos-. Piense que Julio era una persona común, sano y en sus cabales. Nosotros éramos sus amigos de muchos años. Pero, ¿por qué usted dijo que algunas cosas le habían llamado la atención?

-Tengo algo dando vueltas por mi cabeza -dijo Mujía levantándose para calentar el agua del suspendido mate-, pero me gustaría corroborarlo con una persona que sabe más que yo sobre historia del Jazz.

-¿Algún amigo suyo?

-Norberto Bettinelli. Todavía no sé cómo catalogarlo a pesar de los años que llevamos juntos, pero puedo decir que sí y además es mi primo. Hagamos una cosa -dijo M.J. pasándole un mate renovado a Porche-. Vuelvan un día de estos cuando les avise. Yo le adelantaré el asunto a Norberto y nos podemos encontrar los cuatro a pensar algo.



Cap. 7



Tres días después, Porche recibió en la oficina una llamada de Carlos que le decía que Mujía Jackson los había invitado a ir a su casa esa noche, en donde también estaría el tal Bettinelli.

A eso de las nueve estuvieron los amigos en el departamento de M.J. No habían terminado de acomodarse cuando golpearon a la puerta y apareció el primo de Mujía. Era un tipo alto, de aspecto formal, podría tener entre cuarenticinco y cincuenta años, anteojos y estaba vestido con un traje azul clásico, camisa blanca y corbata negra. Tenía todo el aspecto de un norteamericano de película de la década del ´60; de esos que ocupan cargos en el gobierno. No era delgado pero contrastaba con Mujía que era mas bien bajo, algo rechoncho y pelado. El anfitrión hizo las presentaciones y los cuatro se sentaron alrededor de una mesa en la que había algunos papeles en blanco y lapiceras.

-Tenemos una historia entre las manos, en la cual hay dos interesados directos, Carlos y Edgardo -abrió la conversación Mujía-. Un interesado a medias: Yo. Y alguien a quien trataría particularmente de interesar por unas cuantas razones. Ya le adelanté a Norberto el tema y me dijo algunas cosas que confirmaron mis ideas y quisiera que él mismo contara, mientras preparo café.

Porche y Carlos escuchaban expectantes.

-El pueblo de Jackson Heights, lo mismo que tantos otros, tuvo un pasado muy rico en historias de jazz; por allí pasaban las bandas más famosas, pero tomó especial fama porque ahí murió el -quizás- más grande cornetista blanco que haya existido. Y es bueno que ustedes estén sentados en este momento, porque de lo contrario caerían al suelo de la sorpresa. El tal jazzman se llamaba Bix Baxter -concretó Bettinelli acompañado del asentimiento de cabeza de M.J.

Carlos y Porche lo miraron incrédulos.

-¿Usted quiere decir que el músico tenía el mismo apellido de Julio?

-Así es -dijo Bettinelli con una sonrisa triunfal pues esperaba esa sorpresa.

-¿Y que, para mejor, era blanco y no negro?

-Exactamente -respondió N.B. sacándose los anteojos para limpiarlos con un pañuelo blanco impecable, mientras sus ojos parpadeaban con un tic permanente.

Mujía intervino para agregar que por la historia oficial, se sabía que Bix -que llevaba una vida tumultuosa- había muerto de una fuerte pulmonía la noche que debía actuar junto a su banda en un lugar de baile. Pero existía una historia paralela, una especie de leyenda que contaba que se había “salvado” unas horas antes, de una muerte por encargo justamente por haber sido internado de urgencia en el hospital donde luego murió. Porche y Carlos habían enmudecido.



-Es realmente interesante, por llamarlo de algún modo -retomó Bettinelli con circunspección-. Si uno quiere puede rodear el asunto con un halo de misterio y sospecha, por la coincidencia de los nombres y sobre todo por la incongruencia de que un porteño ajeno a aquel entorno, haya encontrado la muerte en las circunstancias que me contó el Mujic.

-¿Y en qué año sucedió esto? -preguntó Carlos.

-En el verano de 1931 -respondió N.B.

-Si me permiten, creo que podemos averiguar algunas cosas por acá -terció Mujía-. ¿Julio vivía con sus padres?

-No, vivía solo en un departamento del centro.

-Punto uno. Podemos tratar de averiguar qué vida llevaba antes del viaje.

-Otra cosa que se me ocurre, es ir a hablar con el padre y saber qué situaciones vivió él en los Estados Unidos. Creo haber escuchado decir que la morgue estaba en otra localidad cercana y no en Jackson Heights.

Bettinelli se mantenía atento pero al margen de lo que pudiera considerarse como “tomar-cartas-en-el-asunto”. Los demás se dieron cuenta de ello y todas las miradas se dirigieron a él.

-Yo no soy un detective, sino un musicólogo y coleccionista de material del mundo del jazz. De todos modos creo que por más que averigüen en Buenos Aires, lo importante es que el hecho ocurrió allá y si quieren ir al fondo van a tener que viajar.

-Razón por la cual vos tendrías que ser el principal... ¿alguno de ustedes domina el inglés? -se interrumpió M.J. dirigiéndose a Porche y a Carlos.

-Muy poco-. -Ni jota-, dijeron estos casi al mismo tiempo.

-Perdón, pero me estoy adelantando -dijo Mujía-. Lo que pasa es que la historia me terminó interesando. Claro que habría que sortear varias dificultades ¿Quién quiere más café?

-¿En qué está pensando concretamente? -preguntó Porche.

-Bueno, creo que mi primo tiene razón. Además de hacer lo que dijimos en Buenos Aires, habría que viajar a ese pueblo para tratar de saber qué ocurrió.

-Y, ¿qué se le ocurre?

-Por lo pronto tenemos que analizar quiénes tendrían que hacer el viaje -respondió Mujía Jackson.

-Un momento, no me involucren a mí como componente –se atajó Bettinelli-. Tengo una familia que atender y además no estoy seguro de que esto me interese. En tercer lugar creo que ninguno de los cuatro está en condiciones de afrontar los gastos de viaje y estadía.

-No sé por qué no puede interesarte cuando se trata de algo que está ligado a tu pasión por el Jazz -dijo Mujía-, aunque Bix Baxter no sea santo-de-tu-devoción.

Carlos y Edgardo miraron a los primos con curiosidad.

-El Mujic se refiere a que Bix -a pesar de su innegable maestría- no era negro, y para mí el único jazz valedero es el que hacen los músicos de esa raza -dijo N.B.

-Como verán, Norberto es un exagerado; pero en parte tiene razón en cuanto que los orígenes de esta música son africanos -agregó Mujía.

Eran las doce de la noche. Porche y Carlos con la mirada decidieron dar por terminada la reunión. Era suficiente por ese día. Debían darle a Bettinelli tiempo para pensarlo.

-Creo que tenemos que irnos. Nosotros vamos a hacer lo que acordamos; para resumir: Punto uno, padre y punto dos, ex departamento de Julio -dijo Carlos.

Mientras se levantaban, "el Mujic” -como lo había llamado su primo- los acompañó hasta el ascensor y con ese pretexto fue con ellos hasta la planta baja.

-Yo me voy a encargar de interesarlo, porque además de saber absolutamente todo sobre historia del Jazz, habla perfectamente inglés- les dijo en tono confidencial. En cuanto al dinero de los gastos, ya se me ocurrió una idea en borrador.

Abajo se despidieron hasta una próxima vez.



Cap. 8



Bettinelli y el Mujic, en la habitación del hotel, no podían esconder sus nervios esperando la hora para volver al Café Negro. Habían deambulado el resto de la tarde por el pueblo tratando de ver algún lugar o cosa que les llamara la atención, pero todo era de lo más normal: Un pueblo no muy grande, por suerte para la investigación; verano, con lo cual estaba menos transitado que el resto del año debido a las vacaciones. Habían encontrado la casa de música gracias a los datos que les dieran en Buenos Aires; allí pegaron algunas vueltas sin hacerse notar, pero no se atrevieron a entrar. Les pareció que era prematuro, pues no tenían resuelto de qué forma preguntar una vez adentro. El calor había sido insoportable y al anochecer regresaron cansados a pegarse una ducha.

Se vistieron como corresponde a dos turistas (?). Lo cual para Norberto significaba, traje azul y camisa blanca. Eso sí, sin corbata y con el cuello abierto por encima del saco. A las diez no aguantaron más y rumbearon hacia el Café Negro. Otra vez los recibió ese personaje híbrido sin dar muestras de reconocerlos y ellos le dijeron que se ubicarían en la barra. Pidieron al barman un par de naranjadas heladas en vaso grande y cruzaron las miradas por todo el salón.

-Como verás, este es “otro lugar” referido al de la tarde -dijo Bettinelli.

-Sí. El barman es otro. Mozos varones no veo y este tipo que nos recibe, hoy no estaba -respondió Mujía.

-Por lo menos a la vista, pero cuando llamé por teléfono me juego que la voz “casi” de hombre era la de él.

-Bien. Además, obviando que sea de noche, el ambiente es otro. Cortinas a la calle cerradas. Humo y alcohol a troche y moche. Gran bullicio ligado a esa “cosa” de los lugares de diversión.

Los interrumpió una cuenta de tres en voz alta, acompañada de la misma cantidad de golpecitos en el piano y el quinteto arrancó con After you´ve gone. Mujía Jackson casi se desmaya. Era por lejos su tema dilecto y en la radio tenía a todos cansados de tanto pasarlo. Eso sí, en su colección particular poseía la mayor cantidad de versiones ejecutadas por las más diversas orquestas y conjuntos que existieran. Entonces se le ocurrió algo y llamó al barman. Con su limitado inglés le preguntó quiénes eran los del grupo de música. Este se mostró sorprendido y a su vez le preguntó cómo era que no los reconocía; intercedió Bettinelli para comentar que eran turistas argentinos y el barman les dijo que los que tocaban era parte de la banda de Coleman Hawkins. Norberto y Mujía se miraron. Otra situación como esa y se volverían locos ¡Hawkins!, ¡uno de los mejores saxos tenores de la década del ´40! Después de haber tocado en la banda de Fletcher Henderson, había formado sus propias bandas compuesta por distintos bronces, además de piano y sección rítmica.

-¡Es el colmo! ¡Con razón que nos sonaba el estilo pero no los reconocimos, no están ni Coleman ni Gillespie! -dijo N.B.



-Claro, no voy a creer lo que estoy diciendo yo mismo, pero podrían ser Ray Abrams el saxo y Ed Vandever la trompeta reemplazándolos -agregó el Mujic.

-Sí, pero de todos modos estaríamos hablando de 1940 y pico -Bettinelli estaba pálido habiendo desaparecido sus habituales cachetes rojizos- y teniendo en cuenta que ya tendrían (algunos más, algunos menos) entre treinta y cuarenta años, más los cincuenta transcurridos a la fecha de hoy, nos da la friolera de...

-Entre ochenta y noventa años -dijo Mujía consternado-, en realidad lo pensé como disculpa a no reconocerlos; como componentes de aquel grupo... ¡Oiga! -le dijo al barman como agarrando una tabla de salvación-, mi amigo y yo sabemos algo sobre jazz y suponemos que estos músicos serán los sucesores de aquella banda, ¿no es así?

Yiddle lo miró con curiosidad y riéndose le dijo que ellos no necesitaban de “sucesores”. Se trataba de la legítima banda, sólo que Hawkins y Gillespie no tocaban esa noche, porque habían ido a firmar un contrato a Lake Forest para tocar allá en el otoño.

-Los que tocan tenor y trompeta son Abrams y Vic Coulson. El resto son los de siempre -agregó yéndose a la pileta a enjuagar unos vasos.

-Los de siempre, los de siempre -casi deletreó con rabia Bettinelli-. ¡Como si estuviéramos en 1944! y además lo dice lo más tranquilo. Claro, Coulson y Vandever eran los trompetistas además de Gillespie. Por eso te confundiste.

-Ayer por la noche no le dijimos que somos turistas ¿verdad? -preguntó el Mujic cada vez más confundido.

-No, por qué.

-Porque podría estar tomándonos el pelo. Sobre todo por mi inglés.

-No, para nada. Recién hoy se lo mencionamos. Creo que me animaría a preguntarle en qué año estamos si no fuera porque se va a reír mucho de mí-, dijo N.B.

-Bien, se lo voy a preguntar yo entonces -agregó Mujía. Pero no se movió de su butaca en la barra.

Mientras tanto el grupo había atacado con Woody´n You cuyo autor era el propio Gillespie. Parece que el público lo había pedido. El tema era nuevo por aquellos años, pero con el tiempo fue considerado el primer bebop de la historia. Claro que ni los músicos ni esa gente lo sabían en aquel momento. El Mujic y Norberto comentaban todo esto mientras transpiraban con sendos vasos de naranjada levemente alcoholizada -según le habían pedido al barman- y trataban de desmadejar todo aquello. Comenzaban a entender de algún modo lo que habría vivido Julio Baxter los días anteriores a su viaje.













Cap. 9



Carlos y Porche se reunieron en el mismo café de siempre en Florida y Diagonal. Recién salían de sus respectivos trabajos y tenían varias cosas para comentar.

-Bueno, la reunión en casa de los Baxter fue tranquila a pesar del tema que yo fui a resucitar. Los viejos están por el suelo. No lo pueden superar, pero el papá me dio algunos datos que hasta ahora no había comentado -arrancó Carlos.

-Me imagino, a vos te quieren como querían a Julio y también ellos querrán saber más.

-Sí, por supuesto lo que los tiene desesperados es el por qué de ese viaje. El padre me contó que allá, una vez llegados a Jackson Heights se dirigieron a la policía del pueblo, lo que sería una comisaría nuestra. Ya estaban al tanto del viaje de los familiares del muerto a través de Interpol. Les pidieron documentos y preguntaron por qué había viajado la otra persona no siendo familiar, bueno todas esas preguntas idiotas que hacen los policías, y gracias a que el jefe de Julio habla inglés, pudieron entenderse. En ningún momento lograron entablar una conversación medianamente amistosa que diera pie a mayores averiguaciones. Tratándose de extranjeros, sobre todo sudamericanos, no les dieron mas información que la oficial: Había sido “una muerte `casual´ en medio de un asalto por robo, en la que desgraciadamente se produjo el deceso de una persona que por circunstancias del momento se hallaba en el interior del negocio”. Una vez comprobada la documentación sellaron unos papeles y les informaron que para tramitar el traslado del cadáver, deberían viajar a Lake Forest –el pueblo vecino- en donde se encontraba la morgue.

Eso había sido todo según le dijo el papá de Julio a Carlos. Después vino el triste viaje de vuelta, con el féretro en el mismo avión. No habían estado más de tres días. Sin embargo cuando llegaron al destacamento sin previo aviso y aún durante la corta entrevista, tanto el padre como el jefe de Julio notaron algunos intercambios de miradas entre los dos oficiales que los atendieron.

-Así que no se pudieron enterar, por ejemplo, qué clase de tipo era el que le disparó- preguntó Porche.

-No, para nada. Sólo que era un negro. No les dieron lugar a preguntas y andá a hacerte el loco en un país extranjero.

-No, imaginate. Únicamente mediante un abogado... y aún así...

-Ni hablar –dijo Carlos-. Acá lo mejor es viajar y hacer una investigación particular, como dijo Mujía Jackson, si es que queremos saber por qué mataron a Julio. ¿A vos cómo te fue en el departamento?

-No mucho para agregar a lo que sabíamos sobre Julio nosotros mismos los días anteriores al viaje. La encargada me dijo que andaba muy raro. De la persona que ella conocía, tranquila y simpática, nada que ver. Estaba taciturno y muy ambiguo en sus movimientos. Muchas veces ni la saludaba y estaba como ensimismado –le dijo a Edgardo-. Parecía otra persona.

-Bueno, no es gran cosa. Mejor dicho, nada. Tenemos que ir a ver si Jackson lo convenció al famoso primo Norberto para viajar.

-Sí y además que nos diga cuál es la idea para tener una guita para solventar los gastos, ¿te acordás que dijo que se le había ocurrido algo? Aunque yo ponga un dinero no sabemos si va a alcanzar, pueden llegar a necesitar de mucho tiempo para quedarse.



Cap. 10



Esa misma noche el Mujic llamó a Carlos y le dijo que tenía encaminadas las cosas para obtener unos dinerillos para el viaje. Le adelantó que se trataba de un “festival”. Quería verlos a él y a Porche cuanto antes.

-¿Qué le parece mañana al término de mi programa de radio?

-Perfecto, allí estaremos, ¿Bettinelli aflojó?

-Todavía no, pero lo tengo acorralado. Mañana les cuento.

Al día siguiente llovía en Buenos Aires y el avanzado otoño traía los primeros aires frescos. Carlos y Porche llegaron a Radio Esplendid un rato antes de que terminara el programa. Contagiados del fanatismo de los primos, se habían interesado un poco en el Jazz y querían escuchar algo de lo que hacía y decía Mujía Jackson, al menos por curiosidad. Al rato éste pasó el último tema y se despidió de sus oyentes. Fuera de la cabina de transmisión se reunió con los amigos y les propuso salir a charlar en el Café de la esquina. Se apretaron los tres bajo un mismo paraguas para recorrer los metros que los llevaban al Café y entraron.

-Bueno –dijo el Mujic mientras se acomodaban en una mesita que daba sobre la calle Libertad-. Cuenten qué pasó con las averiguaciones.

-Espere Jackson, lo nuestro arrojó pobres resultados y de verdad venimos intrigados por saber de su idea para recaudar; después le contamos ¿Qué es eso del Festival?

-Bien, se me ocurrió organizar un encuentro musical de Jazz a beneficio. Sería lo más parecido a un recital, en un lugar de gran capacidad pero modesto, a fin de evitar un alquiler que se lleve la ganancia. Estarían para tocar los grandes del Jazz argentino de los años ´50 y ´60: Astarita, los Lopez Fürst, los Casalla, Ferramosca, Malosetti, Fats Fernández, el “Mono” Villegas, en fin, la lista es extensa para nombrarlos a todos. En su momento hicieron pata ancha y hoy muchos de ellos siguen tocando. Estoy seguro que llenamos.

-Nosotros no entendemos sobre el tema, ¿le parece que atraería gente? –preguntó Edgardo.

-Por supuesto que no va a atraer a la juventud, pero hay muchísima gente fanática de esa época, gente de alrededor de cincuenta o sesenta años que estará encantada con el asunto. Cobraríamos una entrada no muy abultada y se podría buscar un sitio de un amigo de algún amigo... que no nos cobre. Siempre aparece alguien en este bendito Buenos Aires. La llamada a participar la haría yo desde mi programa radial, que modestias al margen tiene buena audiencia.

-Y los músicos, qué hay de los músicos ¿Querrán participar? –dijo Carlos.

-Les aseguro que sí, y de todas formas no perdemos nada con intentar. Primero hacemos el llamado a ellos en forma particular, uno por uno y los interesamos en el asunto ¿Acaso no terminé entusiasmándome yo con algo que no me concernía? Ahora lo considero un caso propio. Por otro lado ellos estarán contentos de volver a tocar en público; nunca hubo alguien que se pusiera a organizar una cosa semejante, más que nada por desidia.

-Y qué pasa con Bettinelli.

-A Norberto le estoy haciendo un trabajito fino para que se intrigue con el caso y creo que el golpe de gracia será el Festival de Jazz. Tendría que hacer la convocatoria de los músicos junto a mí y ahí terminaría por quedar enganchado.

-Bueno. Usted maneja ese mundo, se puede probar, por qué no ¿A vos que te parece Edgardo?

-Sí, yo estoy de acuerdo; hay que intentarlo por lo menos y ojalá lo convenza a Bettinelli. Me parece que hacen una pareja ideal para la investigación.

-Sobre todo porque al no ser policías no despertarían sospechas -agregó Carlos.

-Bien, esta tarde misma lo llamo a Norberto y lo involucro en las llamadas a los músicos. En dos o tres días los llamo y les cuento.

-Bueno, lástima no poder colaborar en los llamados, pero los conocimientos personales son de ustedes...

-No se hagan problema por eso, yo les aviso. Y diciendo esto se levantó y salió del Café.

Porche y Carlos quedaron en silencio meditando lo dicho y casi al unísono dijeron: –¡No le contamos nada sobre nuestras entrevistas con el papá y la encargada del depto!

-Casi ni valía la pena en realidad, pero igual debe enterarse en otro momento. Estaba tan entusiasmado con su idea del festival que ni se acordó de eso.



Cap. 11



Ni bien llegó a su casa el Mujic llamó a Bettineli.

-Norberto, soy yo. Escuchame, hablé con Carlos y Porche y les comenté lo del festival de jazz con los dinosaurios. Les pareció una idea fantástica –agrandó Mujía Jackson-. Están totalmente de acuerdo. Ya mismo hay que comenzar llamando a todos los que podamos.

-Bueno, creo que es una buena idea para juntar unos mangos para el viaje, lo cual no quiere decir que yo sea uno de los que lo haga.

-Pará, pará, pará. Ya discutiremos eso; ahora te pido que me ayudes a llamar a los músicos.

-Por dónde empezamos. Podría ser que vos agarres tu agenda y llames de la “A” a la “F” y yo con la mía de la “G” hasta el final ¿Qué les decimos?

-En principio que vos y yo estamos organizando un gran festival a beneficio y con un motivo especial- dijo Mujía.

-Y que tendríamos que juntarnos para considerar algunos aspectos y contarles el motivo más que interesante- cerró Bettinelli.

-Eso, eso los va a intrigar. ¿Ves cómo nos entendemos? Haríamos una pareja de investigación bárbara vos y yo allá en los Estados Unidos. Citémoslos para pasado mañana a la nochecita en el Café La Paz, en Corrientes y Montevideo.

-Listo, mantengámonos en contacto. Hasta pronto.

-Chau-. Y colgaron.


alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5300867826832233138" border="0" />



Cap. 12



El Mujic y Bettinelli, nuevamente y como la primera noche en el Café Negro, estaban algo asustados. Se encontraban en medio de una confusión mental ante lo inesperado. A la vez se daban cuenta que frente a ellos, aunque todavía lejana, estaba la solución del enigma de la muerte que habían ido a investigar ¿Se trataba de un siniestro blooper armado expresamente para ellos? ¿Tal como en la película “The Truman show” con el actor Jim Carrey, les mostraban una realidad ficticia? En ella el personaje cree vivir una vida propia y normal, pero en realidad una organización “disfraza” su vida armándola continuamente, día tras día y mostrándole una realidad de mentira que él vive como normal. Mientras tanto, los acontecimientos de la misma se pasan por la televisión sin que él se entere ¿Podría ser que esto estuviera pasando?, pero en ese caso era evidente que sólo se organizaba cuando entraban al Black Coffee a partir de las 10 de la noche. El resto del tiempo era todo “normal”.

-Por otro lado para hacer esto tendrían que saber los motivos por los cuales nos encontramos aquí –dijo Bettinelli.

-Y por lo tanto se trataría de una especie de mafia organizada para esconder una muerte –especuló M.J.

-O de una estúpida broma para sudacas desprevenidos.

-Esto último lo descarto en absoluto. No perderían tiempo con nosotros. Creo que se nos presentan varios caminos.

-Encarar de una buena vez el comercio en donde lo mataron– interrumpió Norberto.

-Sí, pero además viajar a la morgue en Lake Forest y tratar de saber más sobre el cadáver.

-En tercer lugar o sea ahora mismo vigilar la salida de los músicos –arriesgó Bettinelli.

Mujía Jackson miró con cara de asombro a su primo. No lo imaginaba precisamente un valiente.

Hacía rato que habían terminado sus naranjadas repetidas tres o cuatro veces. Pensaron que después del último tema, el grupo que tocaba esa noche, podía irse sin que ellos se enteraran; la idea era ver qué hacían al salir del Café Negro estos personajes imposibles. A Mujía Jackson se le ocurrió entonces algo efectivo.

-Qué preferís, quedarte vos acá o vigilar afuera –le preguntó a Bettinelli.

-Estoy muerto de calor. Me voy afuera y te espero por ahí.

Se separaron. El Mujic volvió a acodarse en la barra y se dedicó a seguir con la vista los movimientos del conserje. Era otro personaje sospechoso para el dúo de primos.

Como a la media hora de haberse separado, el grupo se retiró por la trastienda y M.J. esperó diez minutos antes de ir a la calle y reunise con Bettinelli. Una vez afuera lo vio en la esquina próxima como quien toma el fresco nocturno. No había salido nadie del local, según le comentó; sólo un tipo de traje y sombrero que a Norberto le había parecido el mismo de la otra vez en su visita de la tarde, y que nuevamente se alejó caminando luego de encender un cigarrillo. Esperaron veinte minutos más y decidieron irse vencidos por las circunstancia y el calor. Si el grupo de música se había ido, lo habría hecho por otra salida pero no por la entrada al Café.



Cap. 13


Una sorpresa blanca


(Leer escuchando el CD “PARÍS - Tributo a Django Reinhardt”)


Nuevamente allí a las diez en punto, cuando aparentemente las cosas sucedían. Los primos tomaron su lugar habitual en la barra y Yiddle, el barman, al ratito les sirvió las naranjadas en vaso alto con unas gotas de alcohol, tal era su costumbre en las últimas visitas. Ya no les hacía falta pedirlas. A eso de las once y media nada especial había acontecido y cuando comentaban la ausencia de un grupo musical, el mâitre fue hasta el micrófono, lo tomó con su modo amanerado y dando un suspiro exclamó: “Hoy tenemos una sorpresa para todos los presentes. Nos visitan desde Europa los músicos de Jazz de Cámara del Hot Club”. El Mujic y Bettinelli se alertaron. “Con ustedes el Hot Five Club de France”, terminó Ambrose, el mâitre, extendiendo una mano. Unos señores de saco y corbata irrumpieron por un costado portando estuches negros y saludando con una inclinación de cabeza se ubicaron en el entarimado y desenfundaron los instrumentos. Eran cinco, tres guitarras, un violín y un contrabajo. Claro, la sorpresa consistía sobre todo en que eran blancos. Por un lado era bastante lógico siendo de Francia, pero no dejaba de ser extraño en el Black Coffee. Si bien no era un lugar prohibido para los blancos, tampoco era lo más común ver músicos de ese color allí. Los morochos desde sus mesas los miraban con displicencia. Norberto y el Mujic ya casi no se asombraban de nada de lo que pasara en el Café Negro a partir de las diez de la noche, pero M.J. murmuró por lo bajo que le iba a dar un infarto con la inaudita aparición del conjunto más amado por él. Los músicos se sentaron algunos, otros permanecieron de pie, todos con los instrumentos listos. Eran sólo cuerdas. Los primos pensaron que lo que vivían durante esos días, pagaba por demás el trabajo que hacían. Frente a ellos estaban nada menos que Django Reinhardt, el famoso guitarrista franco-gitano y Stephane Grappelly, el mejor violinista de jazz de todos los tiempos, junto a su quinteto que completaban Joseph Reinhardt y Pierre Ferret con guitarras, y Louis Volá con el contrabajo de pie. Estaban perfectamente instalados en el año 1936. Se miraron los cinco y a un leve golpecito de cabeza de Reinhardt largaron con “Swing 39” y pegadito sin interrupción siguieron con “Sweet Georgia Brown”. La gente negra en las mesas trataba de abstraerse con conversaciones en voz muy alta y bebían riendo fuertemente. El Quinteto imperturbable desgranaba tema tras tema para deleite de los primos y de unos pocos interesados en ese “extraño y atrapante swing”. Así se fueron sucediendo “China Boy”, “Embraceable You”, “Lulu swing again”, “All of Me” y otras. Después de tocar “Georgia on my mind” se levantaron los sentados y saludando con una inclinación se retiraron todos por donde habían entrado... pero quedaron los instrumentos.

-No podemos distraernos. Uno de los dos tiene que salir a vigilar lo que pase afuera- se lamentó M.J.

-Bien. Creo que como la última vez fui yo, ahora te toca a vos- le sonrió con malicia Norberto.

-No me hagas esto. Sabés que muero por el Hot Club, en cambio a vos te gusta únicamente el jazz de los negros –contestó con sorna Mujía.

-Sí, pero esto no me lo quiero perder, es único en mi vida. Tiremos una moneda- dijo N.B.

Resignado y temblando el Mujic sacó una moneda y la arrojó al aire. ¡Cara! ¡Ceca! –Salís vos- dijo feliz. Norberto calladito y con bronca enfiló para la salida.

Mujía se acomodó a la espera de acontecimientos y sobre todo del regreso del Quinteto al escenario. Al ratito volvieron los franchutes. Saludaron con circunspección (parece que era su costumbre); Django se miró con Grappelly y a un golpe de cabeza largaron con “H.C.Q. Strut”, luego sin interrupción le siguió “In a sentimental Mood”. En el momento que comenzaron a tocar “Douce Ambiance”, hubo un fuerte movimiento en las mesas del fondo más lejanas a los músicos. El Mujic se paró para ver mejor, era evidente que el malestar entre la gente negra había ido in crescendo y algunos bastante tomados comenzaron a protestar con fuerza.

-¡Que se vayan! ¡Que se vayan tooodos!- gritó un negro grandote que parecía un camión exhalando cerveza.

-¡Fuera, blancos de mierda! –gritó otro flaco como de dos metros y medio. Los demás los empezaron a apoyar con más gritos y gestos de furia.

Fue evidente que Django y Stephane queriendo suavizar la tensión se largaron a tocar “Summer Time” el himno de Gershwin; pero esto pareció enardecerlos aún más.

-¡Fuera, franceses ladrones! ¡No ensucien nuestras cosas! gritaban agitando los puños en alto.

-¡Basta de basura sin instrumentos de viento! –gritó un negro petiso y rechoncho.



Esto pareció como la orden para que los morochos más exaltados se adelantaran hacia el entarimado. Ambrose el mâitre, no sabía qué hacer y corrió al teléfono seguramente para llamar a la policía antes que la cosa pasara-a-mayores. El Mujic estaba desesperado, le estaban cortando la maravilla de escuchar a sus favoritos en vivo. Mientras tanto los franchutes imperturbables habían atacado con “After You´ve Gone”. Mujía Jackson se quería morir, corrió hasta el lugar de ejecución para no perderse ni una nota a pesar de la batahola que se había armado en torno a los músicos. El ambiente era más que denso y algunos trataban de contener a los furiosos empujándolos. Ambrose había colgado el teléfono y fue hasta Reinhardt al que habló al oído para que pudiera oírlo. Este sin dejar de tocar asentía con la cabeza y sonreía muy feliz, mientras hacía de las suyas con los dedos corriendo por la guitarra. O no entendía inglés y por lo tanto no se daba por aludido con los improperios de los morochos, o bien estaba acostumbrado a que hubiera este rechazo a su música de vanguardia para aquella época. Alguien completamente borracho en una mesa de un rincón recitaba.


“Veo un asalto de algodón barato

mientras tu pícaro blues sale fácil Bill Coleman

Vete para allá

y mueve algunos de tus dedos sobre las cuerdas

haciendo swing menor

Te veré en mis sueños Mabel

!!! Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhh !!!

...¡ tienes el sueño de la víbora !”


En ese momento atacaron con “Sheik of Araby”. La velocidad de este tema desbordó los ánimos: Una silla voló desde atrás y se fue a estrellar contra el espejo del bar haciendo saltar las botellas y copas. Ambrose comenzó a lanzar gritidos desafinados y corrió hacia la puerta. Al salir chocó con Bettinelli que en ese momento entraba corriendo a causa del ruido que le llegó desde adentro. Cayeron al suelo, se levantaron pisoteándose y siguieron sus caminos. Apareció justo para ver cómo su primo rodaba por encima de una mesa trompeado por el negro grandote.

-Pensar que te tenía por un tipo lejano al racismo –le gritó.



Los pocos parroquianos blancos que había en el local se habían puesto del lado de los franceses y retenían a los negros que trataban de llegar al entarimado para hacer vaya a saber qué desastre. Otros con sus mujeres ya se habían escapado apenas comenzada la batalla y a esa altura varios estaban golpeándose con botellas o sillas rotas al lado del escenario. Muchos alentaban a uno y otro bando sin intervenir pero azuzando la refriega. Mujía Jackson ahora rodaba por el suelo transpirando a chorros con el petiso rechoncho, trenzados en un abrazo mortal. Pero los negros eran muchos y llevaban las de ganar. En el momento en que parecía que la morochada tomaba por asalto el entarimado poniendo en riesgo la integridad del Quinteto, se escucharon las sirenas de la policía que se detenía frente al Café Negro y todos aflojaron.

Bettinelli, que había permanecido impasible en la barra disfrutando lo que se podía oír del Hot Club, tomando una naranjada con un poco de whisky que se había servido él mismo, fue abordado por un blanco gordo de bigotitos finitos.

-¿Usted es el detective argentino? –le preguntó a boca de jarro. Norberto se sorprendió por la definición, pero le gustó y reponiéndose le contestó que sí.

-Sígame rápido antes que entre la poli. Usted y su amigo corren peligro, venga que le cuento más. Salieron por la puerta que daba hacia atrás a un costado de la barra. Bettinelli aprovechó para inspeccionar con la mirada ese lugar vedado que tanto los intrigaba, mientras seguía de cerca al gordo. En tanto, la policía había entrado al local con gran despliegue, pero se había encontrado sólo con unas veinte personas, muy agitadas eso sí, frente a un pequeño escenario en el que cinco músicos tocaban “No puedo darte más que amor, nena”. Los agentes se miraron entre sí y luego a su jefe esperando órdenes. Este no sabía qué hacer y en ese momento los músicos terminaron con el tema, se pusieron de pie, saludaron con una inclinación y guardando cuidadosamente los instrumentos en los estuches, se retiraron directamente por la entrada del Black Coffee. El Mujic estaba desmoronado sobre una mesa y parecía un borracho más: la camisa por fuera del pantalón y los pocos pelos pegoteados en la cara, permanecía sentado en la silla con las piernas estiradas y separadas. Estaba destruido y sin moverse, buscaba a su primo con la mirada extraviada. Ambrose astutamente y ya repuesto tomó las riendas y dirigiéndose al oficial, lo convenció de que las cosas no habían pasado a mayores problemas y por lo tanto no valía la pena llevarse a nadie. La salida de los músicos había enfriado la atmósfera y a una orden del jefe, la policía se retiró.



Cap. 14


El festival



La noche hervía de gente madurita en el Luna Park ese sábado. No menos de mil personas esperaban impacientes la llegada de los músicos, mientras un disk-jockey “pegaba” los temas conocidos por todos en el ambiente. También muchos jóvenes fanáticos se habían aparecido ante la convocatoria radial del popular y querido Mujic. Por suerte el Gordo Fernández era amigo de Tito Lecture por haber actuado allí, y este no dudó en poner a disposición el famoso estadio, al conocer la extraña muerte del porteño Julio Baxter.

Y fueron llegando. Todos, gordos, pelados algunos, llenos de vitalidad la mayoría. Con unas ganas de tocar bárbaras. Y fue una suerte que se tratara del Luna Park, porque siguió llegando gente hasta que Betinelli subió al escenario, en un extremo del salón y desde el micrófono explicó las razones del festival.

-Esta es una sana excusa –dijo- para reunir a tanta gente querida que vino a escuchar y a tocar. Porque de eso se trata: los que fueron privilegiados con el don de la ejecución, hacen el deleite de los que escuchan la música que prefieren. Los que tocan tienen el deleite enorme de hacer sonar sus instrumentos como a ellos les gusta y al ser escuchados gozan de ese privilegio y se divierten haciéndolo. Escuchémoslos pues, una vez más y que esta movida sirva para esclarecer la muerte de un amigo. Nada más. Casi con emoción Norberto le dejó el sitio a Mujía Jackson que obviamente sería el encargado de ir presentando a los músicos.

Carlos y Porche se miraron y supieron que Bettinelli ya estaba enganchado. Ellos habían estado ocupados en cobrar las entradas y calculaban sin haber “hecho la caja” todavía, que habría unas mil personas, lo que les daría alrededor de veintemil pesos. No era gran cosa para semejante viaje, sobre todo pensando en que tendrían que permanecer por un tiempo si querían esclarecer el caso, pero ya se vería sobre la marcha. La cuestión era despegar. Redundar en el relato del desfile de los músicos argentinos que fueron aplaudidos esa noche, sería tedioso y nos detendría en la historia que estamos tratando de contar. La música es para escuchar y no para ser explicada. Baste, como se suele decir, que fue-todo-un-éxito y tanto los fanáticos como los ejecutantes fueron felices esa noche a puro Jazz en el Luna. Y debido al éxito, hubo que repetir las jam-sesion durante tres días consecutivos más.



Cap. 15



Vuelta la calma en el Café Negro; el mâitre, invitó una vuelta de cerveza a todos los presentes para apaciguar los ánimos –según dijo-. En realidad no habían quedado más que unas diez personas entre las que se encontraba Mujía Jackson, que permanecía en la misma mesa en la que había caído, y acodado en ella sostenía su abombada cabeza con ambas manos. Cuando Ambrose se acercó con la bandeja portando cervezas, aprovechó a preguntarle por su primo; el argentino alto de traje azul, le dijo. Nada sabía de él después del encontronazo que habían tenido, contestó el mâitre. A M.J. le había parecido verlo en medio de la refriega con un vaso en la mano siguiendo atentamente al Hot Club y completamente ajeno a la pelea. Después no recordaba nada, salvo los puñetazos del petiso rechoncho. El Mujic casi no podía moverse; pretendía levantarse para ir a llamar un taxi y volver al hotel, cuando apareció Bettinelli muy azorado y se sentó junto a él.

-Ni te imaginás lo que me pasó –dijo tratando de disimular-, pero mejor vayámonos de aquí.

-Estoy de acuerdo, pero no creo que pueda concretarlo salvo que me ayudes a levantarme. Así lo hizo Norberto poniéndole su hombro por debajo de la axila, con lo cual el Mujic quedó prácticamente colgado del costado de su primo. Así salieron y ya en la calle pararon un taxi y enfilaron al hotel. M.J. que casi sin darse cuenta se había tomado todo el chop de cerveza helada, apenas enhebraba las preguntas.

-¿Se puede saber dónde estabas durante la pelea?

-Escuchando lo que tocaba el Quinteto.

-¿Y cuando llegó la policía?

-Esperá a que lleguemos al hotel y te cuento, es muy importante... y secreto –agregó por lo bajo.

Ya en la habitación, Mujía se derrumbó en la cama y N.B. le fue contando, mientras se desvestía, sobre su encuentro con el personaje gordo. Este había hecho que lo siguiera hasta una habitación solitaria, una especie de oficina en la que le dijo que allí nadie los molestaría por unos minutos, pero que mucho tiempo no podrían permanecer pues ambos corrían peligro.

-Cómo se llama usted –había preguntado Bettinelli.

-No importa. Yo conocí a Julio en Buenos Aires cuando él tomó la decisión de venir a Jackson Heights, pero a quien yo conocía en realidad era a Bix.

-Así que usted me quiere hacer creer que está aquí y así de rozagante desde 1930. Y qué quiere de nosotros ahora, ¿sabe que en realidad somos turistas argentinos en busca de datos sobre el jazz?

-No, sé que ustedes son detectives y que están para averiguar sobre la muerte de Julio Baxter.

-Desembuche. Qué más me puede decir –dijo N.B. disimulando su sorpresa por lo que el otro sabía.

-Sé que tanto usted como su primo Mujía Jackson son fanáticos del jazz, pero deberán cuidarse mucho pues la mafia los acecha y al menor descuido pueden terminar como Julio.

-¿Pero a qué mafia se refiere? ¿Usted quién es? –volvió a preguntar Norberto.

-Me refiero a la guerra entre blancos y negros. Todavía no terminó y aún se están pagando viejas deudas.

-Bien ¿y ahora qué debemos hacer según usted?

-Yo les aconsejaría dejar las cosas así y volverse a Buenos Aires. No le puedo decir más. El lugar en donde mataron a su amigo puede ser el más peligroso; ni bien aparezcan por allí les confirmarán en qué andan ustedes y les darán motivo para eliminarlos por temor a represalias o simplemente por ser blancos defendiendo a blancos. Ahora tengo que irme. Si deciden quedarse, el riesgo es suyo, pero pueden averiguar más en Lake Forest. Busquen a Jean Harlow, ella conoce a los Baxter. Vuelva al salón por donde vinimos y trate que no lo vean salir de aquí.

-¿Y qué más pasó? –preguntó el Mujic que había seguido el insólito relato con la boca abierta sin interrumpir.

-Después que el gordo desapareció, volví al salón y como vi que el barman y el mâitre estaban ocupados repartiendo cerveza gratis, me fue fácil acercarme a vos sin que notaran de dónde venía.

-Creo saber de quién se trata: Paul Whiteman, “el rey del jazz”. Muchos lo odiaban por ganar mucho dinero a costillas de un jazz “deformado” por el afán de hacerlo bailable. Por otro lado, lo que me quedó picando es eso de “los Baxter”.

-Sí, es posible que fuera él, lo digo por las fotos de mi colección, pero imposible por el tiempo transcurrido. Su cumbre puede decirse que fue haberle encargado nada menos que a Gershwin la “Rhapsody in Blue” en 1924, especialmente para su orquesta.

Mientras decía esto Norberto enfiló para la ducha. Él también estaba conmocionado y no precisamente por los golpes.

-Todo eso bien lo sabemos vos y yo– agregó-, pero me querés decir de qué nos disfrazamos ahora; parece ser qué todos saben por qué estamos aquí.



Cap. 16



Cuando Bettinelli salió del baño se sentía más despejado, pero eran más de las tres de la madrugada. Mujía roncaba a pata suelta y cada tanto pegaba un respingo en la cama seguramente provocado por el recuerdo de las piñas del petiso negro.

-Quién me habrá mandado meterme en este lío –pensaba N.B.-, tendría que escribirle a los de Baires para que me releven, tengo que estar con mi familia, ¿y mi trabajo?, se las estarán arreglando sin mí, ahora todo se cerró aquí, hasta tengo miedo, por lo que me dijo el gordo, encima este lío de las épocas entremezcladas, creo que los negros son bravos y no van a jugar, no sé qué representan, si aparecemos en el lugar de la muerte estamos fritos, ahí se aseguran que tenemos que ver con el muerto y nos liquidan, además se acaba la guita y tenemos que inventar algo, creo que podemos...

-¡Mujic! –le gritó de pronto a su primo-. ¡Ya lo tengo!

Fue tan sorpresivo que M.J. pegó dos o tres resoplidos, se pasó el dorso de la mano por la boca limpiándose las babas y dando media vuelta contra la pared volvió a roncar, ahora con otro compás.

-¡Mujic! –volvió a llamar Norberto-, escuchame. -El otro contestó con un par de monosílabos incomprensibles –Tenemos que poner una agencia de detectives ¡Sí, una oficina!:

“Jackson–Bettinelli - Investigadores privados

Se atienden hispanohablantes únicamente”

¡Con esto ocultaríamos nuestra relación con el caso Julio Baxter además de generar un ingreso de dinero!

Pero no logró interesar al Mujic que seguía roncando.



Cap. 17



Carlos llamó a Edgardo a la oficina.

-Che, recibí una carta expreso de Bettinelli y es importante que nos veamos hoy mismo.

-Bueno, a la hora de salida nos reunimos, ¿en dónde siempre?

-Sí Florida y Diagonal a las siete y media, hasta luego.

Porche esperaba adentro con un café servido y fumando un cigarrillo. Llovía con parsimonia y hacía frío. Llegó Carlos. Llevaba puesto el sobretodo. Sentándose le contó sobre el contenido de la carta.

-En resumen nos dice que no tienen más guita, que él está muy preocupado porque las cosas se están complicando en un sentido peligroso y que se le ocurrió una idea si es que nosotros no podemos girarles más plata.

-Ojalá sea una buena idea porque a mí se me acabaron los fondos –acotó Edgardo.

-Tiene ganas de poner una oficina de investigaciones.

-A ver, a ver, a ver, ¿cómo es eso?

-Sí, una agencia de detectives. Según Bettinelli les generaría una entrada de dinero y además disfrazaría el motivo de su permanencia en Jackson Eights, que ya empieza a despertar sospechas. Ofrecerían únicamente asesoramiento a latinoamericanos.

-No está mal como generadora de divisas, creo que trabajo no les faltaría; pero no sé qué pueden saber ellos sobre investigaciones detectivescas –dijo Porche-, además, ¿a qué tipo de peligros de refiere?

-Dice que hay una mafia negra de por medio y ellos están sospechados por ser blancos sudacas. Eso por ahora, pero si se enteran del verdadero motivo de su estadía será peor. En cuanto a detectives dice que están cancherísimos con lo que les viene pasando –contestó Carlos llamando al mozo para pedir un café.

-¿Mujía Jackson que dice sobre esto?

-Norberto no lo menciona en relación a la idea, cuenta que hubo una batahola feroz en el lugar que frecuentan como centro de operaciones y que de allí salieron medio amenazados y con Mujía bastante golpeado.

-Bueno, eso es grave y por lo que me imagino, en la investigación concreta no han avanzado mucho.

-Exactamente. A mí me da la sensación que Bettinelli espera un aval nuestro y que Mujía no debe estar muy convencido. ¡Ah! y además nos pide que no descartemos que tengamos que ir nosotros si las cosas se ponen más duras.

-¡Bueno, eso sí que no me lo esperaba!, ¿pero por qué no, si las papas queman?

-Pensé en escribirles y que nos llamen por teléfono con pago revertido. Me interesaría saber qué dice el Mujic a todo esto.

-Sí, también ponele que estamos de acuerdo en lo de la agencia de detectives argentinos, o como se llame.



Cap. 18



Norberto no podía seguir durmiendo. Eran las 9 de la mañana y había dado vueltas en la cama pensando en la “oficina de investigaciones”. Mujía seguía durmiendo como un bebé. N.B. se levantó y preparó un café con leche bien fuerte para terminar de reaccionar. Agarró papel y lápiz y se puso a escribir una carta para los de Buenos Aires. Después se vistió y salió. Fue hasta el correo, despachó la carta expreso y al salir compró el diario. Fue a sentarse en un banco de la plazoleta que tenía enfrente y buscó la página de los alquileres de oficina. Había bastante en oferta, pero todas caras para ellos. Luego de mucho elegir se quedó con tres, anotó las direcciones y metiéndose el diario doblado en el bolsillo enfiló hacia el hotel para encarar a su primo.

Este ya estaba despierto haciendo gárgaras con bicarbonato y agua tibia en el baño. A una pregunta de Norberto dijo sentirse mejor.

-¿Qué te acordás de lo que hablamos anoche? –preguntó N.B.

-Absolutamente nada, estaba refundido como para prestarte atención. Obviá la falta de delicadeza y repetime, te pido por favor. Cómo se ve que vos no recibiste los tortazos que ligué yo –agregó el Mujic mientras se vestía.

-Bien, eso te pasa por racista -largó Bettinelli-. Lo pensé mucho y lo único que nos queda es poner una agencia de detectives.

-Qué es eso –se sobresaltó Mujía.

“Jackson-Bettinelli”.“Investigadores privados”

“Únicamente para hispanohablantes”.

-Sigo sin entender.

-Se trata de abrir una agencia de investigaciones para latinoamericanos, con lo cual ocultaríamos nuestras averiguaciones sobre Julio Baxter y además generaríamos divisas para nuestras exhaustas arcas. Creo que es una idea genial.

-Proviniendo de vos no lo dudo. Pero salvo lo del ingreso de guita, pienso que la idea es descabellada porque llamaríamos más la atención de los que supuestamente nos siguen el rastro.

-Al contrario. Si nos dedicamos sólo a sudacas, mal podríamos estar involucrados en una muerte entre norteamericanos.

-Te olvidás que estos norteamericanos dieron muerte a un sudaca –dijo lapidario Mujía Jackson.

Norberto enmudeció rebobinando sus pensamientos.

-Para eso mejor pongamos una oficina de investigaciones sobre la historia del Jazz –apuró M.J.-, somos entendidos en la materia, seguramente más que muchos fanáticos de acá que lo único que hacen es ir a los bares a escuchar música y emborracharse.

-Podríamos decir que estamos escribiendo una historia del Jazz para editar en Latinoamérica y que este pueblo, rico en anécdotas, nos brinda el mejor material –agregó Bettinelli reponiéndose del revés asestado por su primo.

-Justamente. Entonces sí quedaría más disimulada nuestra permanencia por acá.

-Bien, sea como sea envié un expreso a Carlos y Porche poniéndoles al tanto de los acontecimientos y también encontré en el diario dos o tres lugares para alquilar. Podemos usar los últimos mangos para eso. Lo que me podrías explicar es la forma en que generaría dinero nuestra “Oficina de Investigaciones sobre la Historia del Jazz”.

-Te olvidás de agregar: “... en Jackson Heights”. Esto atraerá con seguridad muchos interesados en colaborar que con tal de figurar en un libro van a largar más de una cosa interesante –dijo el Mujic.

-¿Sabés que a veces me sorprendés con tu lucidez de pensamiento, primo? Eso me empezó a gustar. Y en recompensa por tus ideas, hoy voy a dejar que cocines vos; y como tenemos que ahorrar para el alquiler, quisiera unos buenos tallarines al pesto con quesito rallado.



Cap. 19



Almorzaron casi en silencio y tomando un jugo de lima que tenían en la heladera.

-No me pega mucho la lima con los fideos. Preferiría un vinito suave –dijo Bettinelli.

-Te desconozco primo, en Baires te hacía por un abstemio total. Pero en realidad yo también estoy un poco harto de la comida americana. Pura pizza y sandwichs.

-Lo que pasa es que se me fueron incorporando los tragos del Café Negro y vi que me caen bien en medio de los nervios y las amenazas. Te propongo que ya que estamos comidos y descansados, salgamos a ver esas direcciones en alquiler.

-De acuerdo –dijo Mujía-, cuanto antes lo resolvamos mejor. De todos modos creo que los muchachos en Buenos Aires estarán de acuerdo; digo, para no esperar respuesta.

-No hay tiempo para perder, estamos al borde de la persecución directa y esta puede ser mala en serio por lo que vimos. Mejor despistar pronto.

Salieron al calor de la tarde y prefirieron caminar para ir reconociendo lugares y gente desconocida que les inspiraran un indicio que sirviera de referencia. Evitaron pasar frente al local de la muerte de Julio. El primer alquiler que visitaron era el más barato pero estaba a cinco cuadras del Black Coffee. Demasiado cerca –pensaron-, además había que subir cinco pisos por escalera y no estaban para esos trotes. En el siguiente los atendió una vieja negra con cara de poco amiga. Se trataba de un sucucho sin ventanas, con un escritorio, dos sillas y un baño. Era muy económico pero no les gustó ni la vieja ni el lugar. El tercero de los seleccionados por Bettinelli quedaba a ocho cuadras del Café Negro. Eran dos habitaciones; una tenía una cama grande y la otra una mesa con cuatro sillas. Además tenía baño con ducha. Los primos se miraron. El alquiler era intermedio entre lo que habían visto, pero pensaron que podrían dejar el hotel y vivir allí. La habitación de la mesa tenía un anafe de dos hornallas en el que podrían hacer comidas ligeras.

-Obviando los tres pisos por escalera y la cama matrimonial, creo que es bueno –opinó Bettinelli.

-Sí, hay que regatear el precio y nos quedamos –dijo el Mujic.

Pero la dueña no se movió ni un centavo y dijo que gracias que nos les pedía depósito. Eso sí, pago adelantado por semana. Aceptaron, era lejos lo mejor y además se ahorrarían el alquiler del hotel. La mujer les tomó una seña y sus datos. Cuando le dijeron que eran argentinos los miró a ambos de arriba abajo y se la notó algo preocupada, pero enseguida cambió la expresión, sin duda influida por el aspecto de tipos serios de los primos.

-Mañana nos mudamos. Y una última cosa ¿se podrá cambiar la cama grande por dos chicas? –Preguntó Bettinelli, víctima habitual de los ronquidos del Mujic.

La mujer sonrió divertida y dijo que haría lo posible, pero que no prometía fuera rápido. Salieron y ya en la calle Mujía Jackson le dio con el codo a Bettinelli y le indicó con un gesto que mirara hacia la esquina. Un tipo de traje y sombrero prendía un cigarrillo en medio de la vereda; luego siguió camino en el sentido contrario al que se hallaban ellos. Podría ser una casualidad, sobre todo porque su actitud no era la de estar parado vigilando, pero ambos estuvieron de acuerdo en que se trataba del mismo personaje de siempre, calculaban que era la tercera o cuarta vez que lo veían: un negro de mediana estatura, flaco y vestido así con el calor que hacía. Era bastante extraño y lo más raro era que aparecía siempre en los momentos en que ellos parecían estar haciendo algo especial.



Cap.20



En el hotel. Las nueve de la noche. Silencio. Las ventanas abiertas dejan entrar una leve brisa caliente. Recostados vestidos en las camas hacen sus propias cavilaciones.

Lo imagino – Yo no sé vos, pero – a Bix aquella noche en el hotel – no aparecería por el Café Negro – este mismo calor, quizás ya con alguna copa encima, – tal vez nos perdemos a quién sabe – esperando el llamado a escena, el ventilador – pero sería bueno disimular – un escalofrío corriendo por la espalda transpirada – y por una noche no aparecer – esta misma luna que nos mira - ¿No? - ¿No?

Hablaron de repente y al mismo tiempo Mujía y Bettinelli con cansancio.

-No sé qué quisiste decir, pero hoy no tengo ganas de ir al Black Coffee.

-Eso mismo, la muerte acecha, dirían en una novela barata y lo que es peor, con un calor terrible.

-No seas exagerado, mañana nos trasladamos y veremos qué hacemos. Por lo pronto hay que pintar un buen cartel en el vidrio de la puerta de entrada:


M. Jackson - N. Bettinelli

Investigaciones y soluciones a hispanohablantes

El Jazz en Jackson Heights

Se editan libros



-Creo que estaría bien. Es lo más ambiguo que escuché en los últimos tiempos. Por otro lado mi apellido ayudará. Tenemos que hacer una discreta publicidad –dijo el Mujic.

-Cuando volvamos al Café Negro tratemos de hacer correr la bola. Si por unos días no nos movemos demasiado por ahí dejarán de molestarnos.

-Además tenemos que quedarnos en la oficina para generar trabajo.

-¡Importante! A partir de dos días no tendremos ni para comer.



Cap. 21



Quedarse dormidos y despertarse a la mañana siguiente, fue un solo acto involuntario. Se levantaron y mientras uno fue a lavarse, el otro en la cocina preparó un desayuno con café con leche, pan y manteca. A la argentina, según dijo Mujía. Tácitamente habían decidido comportarse abiertamente como tales ya que venía muy bien para su nueva actividad. Por otro lado no podían hacer demasiada alharaca debido a su condición de turistas en tránsito. No debían decir ni una palabra de cobrar, y nadie podría negarles el derecho a editar un libro sobre el pueblo y su pasado y presente jazzístico. Bettinelli pensó que la nueva actividad los ayudaría a visitar la casa de música en dónde asesinaron a Julio y se lo comentó a Mujía. Al Mujic le pareció brillante. Luego prepararon sus valijas que sólo eran dos; habían llevado poca ropa y menos efectos personales. Se despidieron del dueño y esperaron un taxi. Resoplando con el equipaje por la escalera del nuevo lugar, abrieron con la llave que les dio la dueña y se instalaron. La cama matrimonial seguía allí, por lo demás el lugar era limpio. Norberto se puso a escribir el cartel en el vidrio esmerilado de la puerta de entrada, mientras M.J. fue al correo para ver si había correspondencia de Carlos y Porche. En efecto había una carta y el Mujic sin abrirla volvió a la oficina. En la nota los muchachos lamentaban la golpiza recibida por Mujía y estaban de acuerdo en que pusieran una agencia para latinos, si es que ellos estaban de acuerdo entre sí. Los cargaban por su nueva condición de detectives, pero les parecía bueno para generar dinero, ya que ellos estaban “muertos”. Agregaban otras consideraciones menores y lo importante: Que contaran con ellos. Si había que viajar estaban dispuestos a hacerlo, por lo menos uno de los dos, y cerraban enviando un gran abrazo.

-Vía libre –comentó Bettinelli-. Ahora podemos optar entre ir a la Casa de Música o viajar a Lake Forest a hacerles una visita a los canas de allá y la morgue.

-Tampoco descuidemos el Café Negro, nuestra fuente de inspiraciones.

-Bueno. Uno se queda y el otro viaja –propuso Bettinelli.

-Yo me quedo y vos viajás –dijo el Mujic.

-¡Qué rápido que sos! Con tal de no perderte a los músicos que puedan ir apareciendo, no dudás en joder a tu propio primo.

-Bueno, recurramos a la moneda. Y revoleó ¡Cara! ¡Ceca! ¡Vos viajás y yo me quedo! –concluyó Mujía.

N.B. lo miró y se sonrió como diciendo “ya te va a llegar la hora del sacrificio”, pero sólo dijo –Mañana viajo temprano para allá.



Cap. 22


Enigmático encuentro de Bettinelli con Jean Harlow



Por la mañana Bettinelli viajaba en un autobús camino a Lake Forest; el pequeño pueblo cercano a Jackson Heights. Cuando llegó, el calor empezaba a picar. Comenzó a caminar sin apuro por las calles y ver qué surgía espontáneamente. Pasó frente a la morgue pero prefirió no entrar por el momento. Luego, de exprofeso pasó por la “comisaría” a la que tampoco entró. Pensó que era mejor hacer contacto de ambiente con la ciudad. La gente iba y venía ocupada en sus cosas cuando de pronto se cruzó con una chica de unos treinta años y recordó lo que le había dicho el gordo misterioso en el Café Negro; no supo por qué le llamó la atención ésta en especial. Comenzó a seguirla y cuando ella se detuvo frente a una vidriera de ropas de mujer, él también se paró y manteniendo una distancia le largó: “Julio Baxter”. Ella sorprendida lo miró y se quedó expectante.

-¿Lo conoce? –dijo Bettinelli. Ella dudó unos segundos y respondió que sí.

-¿Cuánto hace que no lo ve? –arriesgó N.B. La chica volvió a considerar la pregunta y finalmente dijo:

–Un año más o menos; ¿usted quién es?

-Un amigo, me llamo Norberto Bettinelli y soy argentino como Julio –dijo sin respirar.

-Le pido que me diga más –dijo ella.

-Yo le pido a usted que me diga qué sabe de Julio –le contestó con cautela. Bettinelli no quería hablar sobre la muerte por si ella no lo sabía.

-Sé que lo mataron el mismo día que nos conocimos.

-Usted es Jean Harlow –le dijo Norberto.

-¿Cómo sabe mi nombre?, ¿de dónde me conoce?

-Sé muy poco sobre usted y sólo adiviné que era la persona que venía a buscar. Pero si no lo toma a mal sería bueno charlar más tranquilos. Tengo cosas importantes para decirle.

-Acá cerca hay un bar –dijo Jean-, dispongo de un rato.

Se sentaron y luego de pedirle al mozo un par de bebidas frescas, ambos se estudiaron con curiosidad.

-Vivo en Buenos Aires y estoy en Jackson Heights desde hace un mes investigando sobre la muerte de Julio, por encargo de unos amigos de él. Pregúnteme lo que quiera, necesito que confíe en mí.

-Bien... es muy extraño, usted llega así de improviso... yo me enteré de la muerte de Julio al poco tiempo; como éste es un pueblo chico todo se comenta y cuando trajeron el cuerpo a la morgue se habló del caso y enseguida supe que se trataba de él. Fue terrible.

-Sí, cómo fue eso, cuénteme. Estoy tratando de armar esta especie de rompecabezas. Le aseguro que en Baires nadie entiende cómo vino a morir aquí; él no tenía nada que ver con nada concerniente a este lugar ni su gente –dijo N.B.-. ¿Usted de dónde lo conocía? ¿Había ido alguna vez a Buenos Aires?

-Jamás. Nuestro encuentro fue casual y duró mientras esperábamos un autobús que nos llevaría a ambos a distintos lugares –dijo Jean.

-¿Y esos lugares eran...? –preguntó ansioso Bettinelli.

-Jackson Heights para él y Lake Forest para mí.

-Siga, por favor, no sabe lo importante que es para nosotros lo que pueda contarnos sobre los últimos momentos de Julio. No creemos en la versión oficial de su muerte.

-Bueno... nosotros, mejor dicho yo intervine para que él comprara su pasaje, usted sabe, por el idioma, me di cuenta que no sabía nada de inglés. A mí me resultó muy simpático y él me invitó a esperar el autobús tomando algo en el bar de la terminal. Allí me dijo que se llamaba Julio y que no sabía qué estaba haciendo allí. Yo no comprendí y creí que era una dificultad de entendimiento por el idioma, y a la vez me pareció un tipo algo confundido. Pero ¿quiere explicarme por qué me buscaba a mí si no me conocía?

-Una persona en Jackson Heights nos dio su nombre para que la buscáramos aquí en Lake Forest. Nos dijo que usted conocía a Baxter –explicó N.B.

-Espere. Cuando habla de nosotros... ¿hay alguien más con usted?

-Mi primo Mujía Jackson. Se quedó para seguir con las averiguaciones allá. Yo vine a hacer visitas a la morgue y a la policía. Pero ahora veo que aquí lo más importante es usted.

-¿Y quién les informó sobre mí? –preguntó Jean.

- Me sería difícil explicarlo. Preferiría no mencionarlo por el momento... lo extraño cuando me habló de usted, es que se refirió a “los Baxter” y nosotros sabemos que hubo dos.

-Cómo es posible eso –se sorprendió Jean.

-Sí, es complicado, pero voy a tratar de resumirlo. En la época de oro del Jazz hubo un Baxter sobresaliente, se llamaba Bix y era considerado de lo mejor tocando la corneta. Tuvo una muerte dudosa, como la de Julio y esto los une a pesar del tiempo –dijo N.B.

-Y ¿de qué tiempos estamos hablando? –preguntó Jean Harlow cada vez más sorprendida.

-Alrededor de sesenta años.

-La época de mis abuelos ¿El tal Bix también murió en un asalto?

-No exactamente. Falleció de una pulmonía doble antes de tocar en una sesión en Jackson Heights. Eso cuenta la historia oficial –dijo Bettinelli.

Jean permaneció callada tratando de asimilar la complicada historia. Julio Baxter le había caído muy bien en ese corto rato que estuvieron juntos esperando el autobús y todo esto ahora lo sentía como una pequeña parte de su vida. Recordaba cómo la miraba él en el autobús cada vez que ella se daba vuelta para sonreírle. Ahora pensaba que era como si le hubiera estado pidiendo ayuda. “Si yo encontrara un alma como la mía. Cuantas cosas secretas le contaría. A veces me pregunto que pasaría, si yo encontrara un alma como la mía.” Pensaba Jean Harlow y le dijo a Norberto que había concluido la reunión. Este se despidió lamentándolo y quedó en volver.



Cap. 23



Bettinelli evaluó si valía la pena visitar la morgue y la policía y creyó conveniente pasar por la morgue al menos. La entrevista con Jean lo había dejado impactado. Se dirigió a la morgue y preguntó con su impecable inglés por el médico jefe.

-Soy argentino y vengo a conocer detalles sobre la muerte de Julio Baxter, acaecida en el invierno pasado en Jackson Heights –le largó N.B. cuando tuvo delante al tipo.

-Mire amigo, le aclaro que las informaciones las damos únicamente a los parientes directos ¿Usted quién es?

-No soy pariente, pero estoy delegado por su padre.

-No es lo mismo, salvo que me haya traído un documento que lo avale.

-Bien, si es por eso, no traje nada; pero le pido que me responda hasta donde pueda.

-De acuerdo, pregunte –dijo el médico.

-¿En condición de qué ingresó Baxter?

-Obviamente de cadáver.

-¿Cuáles eran las condiciones del cuerpo?

-Buenas, si se refiere a lo que me imagino.

-¿Tenía más de un disparo?

-No, sólo uno en el pecho.

-¿Profesional?

-Es difícil determinarlo. Puede haber sido hecho por un improvisado al cual le salieron las cosas bien.

-¿Signos de lucha o pelea?

-Si las hubiera habido no tendría que responderle. Le respondo que no.

-¿Está seguro?

-Completamente. Un solo disparo y murió.

-¿En cuánto tiempo?

-Prácticamente en el acto.

-Bien doctor, dadas las circunstancias creo no poder preguntar nada más. Muchas gracias.

-¿En dónde puedo encontrarlo?

-¿A mí? En el Black Coffee, en Jackson Heights– respondió Bettinelli, evitando darle la dirección de la nueva oficina para no tener problemas.



Cap. 24



Se fue a la terminal, sacó el boleto y esperó el ómnibus de regreso. Estaba en eso cuando vio que alguien se le acercaba corriendo. Era Jean Harlow y estaba muy excitada. No pudo evitar pensar en lo hermosa que era así corriendo hacia él.

-¡Tengo que decirle algo!

-¡Sí, la escucho!

-¡Hablé con mi madre y ella conoce la historia!

-¡Cómo que conoce la historia! ¡Apúrese por favor, en cualquier momento llega el autobús!

-Sí, a mamá le contó su madre que ella conoció a Bix Baxter.

-O sea, su abuela –dijo Norberto.

-Exactamente. Mi abuela estudiaba en Ferry Hall, cerca de acá y tenía veintidós años cuando conoció a Bix.

-¿Vive su abuela?

-No, ella murió hace diez años.

-¿Cómo se llamaba?

-Jean Harlow como yo.

Norberto transpiraba y no sólo de calor. Algunas piezas iban encajando de a poco ¡La chica que tenía delante era nieta de un amor de Bix perdido en el tiempo!

-¡¿Se da cuenta Jean que su encuentro con Julio Baxter no fue nada casual?! –le dijo.

Jean no supo qué contestar. Era todo muy confuso.

-¿Por qué su madre le contó esto?

-Cuando llegué a casa tenía a Julio dando vueltas por mi cabeza y pensé en lo que usted me había dicho acerca de “los Baxter” y el tiempo, y se me ocurrió preguntarle a mamá sobre otras épocas. Ella sería una nena cuando todo eso ocurría. Entonces me contó sobre las confidencias de su madre; eran muy compinches –dijo Jean.

-Ya lo veo. No creo que su madre haya conocido a Bix. Él murió muy joven ¡Acá llega el autobús! Creo que tendré que volver por aquí.

Jean se quedó hasta que el vehículo salió y pensó que estaba metiéndose en una historia que no le concernía, pero a la vez no podía evitar hacerlo.



Cap. 25



El Mujic bebía un té con galletitas de agua sentado frente a la mesa que hacía las veces de escritorio. Practicaba el inglés leyendo el diario lo más asiduamente que podía. En eso estaba cuando golpearon la puerta de la oficina. Pensó en un posible cliente. Se levantó y fue a abrir. Un flaco con aspecto inquieto lo contemplaba desde arriba. Mujía le preguntó a qué venía y lo reconoció como a uno de los más exacerbados en la baraúnda de la noche del Hot Club de France en el Café Negro. El otro le dijo que sabía cosas que podían servirle. Lo hizo entrar y le dijo que se sentara.

-Qué cosas me puede contar –preguntó M.J.

-Antes necesito conocer detalles de su actividad y la del otro tipo que está con usted –dijo el lungo.

-Oiga amigo ¿usted viene a verme y pretende imponer condiciones?

-No es eso, sólo que no sé por qué están ustedes en Jackson Heights y para qué pueden utilizar mi información.

-Lo dice bien claro en la entrada. Investigamos sobre el Jazz porque estamos escribiendo un libro: “La historia del Jazz en Jackson Heights”.

-¿Y por qué eligieron esta ciudad y no Chicago o New Orleans, por ejemplo? Esos lugares tienen mayor importancia que este pueblo en el mundo del Jazz.

El Mujic se sintió un poco acorralado pero salió del paso diciendo que precisamente por haber sido poco investigado, les había atraído. Podía contener más de una anécdota desconocida.

El flaco lo miró con cara de no creer en lo que decía.

-¿Su amigo dónde está en este momento?

-Hizo un viaje relámpago para cobrar un giro -dijo M.J. temiendo que el flaco supiera que Norberto había viajado a Lake Forest.


-¿Puede ser que haya ido a Lake Forest a cobrarlo?

-No lo sé. Hoy a la mañana salió temprano para averiguarlo en el Correo –dijo para esconder la verdad Mujía. Se sintió medio estúpido, contestando preguntas. Se suponía que el que tenía que averiguar cosas era él.

-Terminemos con este interrogatorio –le dijo al flaco- Si usted tiene alguna historia sobre los músicos que pasaron y tocaron acá, cuéntemela ya. Nosotros la incluiremos en nuestro libro si es interesante y usted será mencionado en él como aportador de datos –cortó el Mujic.

-¿Por ejemplo anécdotas sobre Bix Baxter?

-Puede ser –dijo cauteloso M.J.-. Fue uno de los más importantes y todo el mundo sabe que no solo tocó, sino que además se dice que murió aquí mismo.

-Eso es seguro, lo que no son bien claras son las circunstancias –dijo el flaco dando un rodeo.

-¿Qué sabe usted, por ejemplo? –preguntó Mujía sintiéndose dueño de la situación.

-No mucho, pero conozco gente vieja que sí sabe. Puedo volver con alguno de ellos.

-Bien, cuando esté dispuesto a contarnos lo espero por aquí

–dijo Mujía viendo que la cosa se le escapaba. Y fingiendo darle poca importancia, se levantó dando por terminada la visita y al otro no le quedó más remedio que hacer lo mismo.

Después fue hasta la cama y se recostó, esperando impaciente el regreso de Norberto. Tendrían mucho para contarse mutuamente. A la hora escuchó la llave en la puerta. Era su primo y tenía cara de cansancio.

-Ahora te cuento, pero antes me tengo que dar una ducha. Afuera hace un calor bastante interesante y estoy muerto.

-Yo también tengo novedades.

-¿Malas o buenas? –preguntó Bettinelli mientras se metía en la ducha.

-Vino el negro, ese flaco del Café Negro a sonsacar cosas.

-¿El lungo de dos metros y pico que se quería comer a los franchutes?

-El mismo.

-¿Y qué dijo? –preguntó N.B.

-No mucho. Cuando apareció me pareció bueno, creyendo que aportaría algo; pero todo el tiempo fue muy ambiguo y sólo demostró interés en saber sobre nosotros. En realidad vino para averiguar en qué andamos ¿A vos cómo te fue?

-Creo que la palabra es: extraordinario. A la poli no fui, en cambio estuve con el médico que recibió el cadáver de Julio –dijo N.B. dejando para el final el “plato fuerte”.

-¿Y...?

-Todo muy normal, como puede ser cualquier muerte callejera... No agregó nada a lo que sabemos.

-Y dónde está lo extraordinario –dijo el Mujic.

-En Jean Harlow. Conocí a Jean por intuición en la calle, la paré y efectivamente era ella.

-Ahora sí que me dejás asombrado. Querés decirme cómo hiciste para reconocer a una vieja de noventa años.

-No a la Jean Harlow de Bix Baxter, sino a la Jean Harlow de Julio Baxter. Es la nieta, tiene treinta y se llama igual.

-Pará, pará, pará. Cómo que la Jean Harlow de Julio ¿Me decís que la nieta de Jean, la novia de Bix, vive en Lake Forest y conoció a Julio?

-¡Sí!, pocas horas antes de su muerte. Tal vez sólo una hora antes de que a Julio lo mataran.

Norberto había terminado con su baño y se vestía en el dormitorio.

-Ponete una pava a calentar que voy a hacer unos mates y te cuento. Este encuentro hay que festejarlo con la poca yerba que nos va quedando; entre paréntesis en la carta les pedí a Carlos y Porche que manden un par de kilos.

Y Bettinelli entre mate y mate le contó a su primo los pormenores de su encuentro con Jean Harlow.



Cap. 26



-Ya veo que las cosas se van alisando –dijo el Mujic-; hay que preservar a Jean Harlow, aunque seguramente la mafia negra la conoce.

-Con seguridad y si se enteran que entramos en contacto estamos fritos. No quisiera exponerla, pero quedé en volver; quisiera conocer a la madre.

-¿Ella es negra, blanca, linda, fea? –preguntó M.J.

-Es blanca. Pelo negro, ojos castaños. Una preciosura de mujer. Parece argentina.

-Qué modesta tu apreciación, ¿cómo se habrán conocido?

-No me contó detalles, fue en la terminal de ómnibus y parece que se cayeron bien instantáneamente.

-Amor a primera vista ¿eh?

-Yo no diría tanto, pero la coincidencia entre... “los Baxter” es por lo menos extraña.

-Por alguna razón se conocieron Julio y Jean. Veamos, tenemos al menos dos coincidencias fuertes: Los dos mueren normalmente en apariencia, pero en circunstancias dudosas. Y ambos, con sesenta años de diferencia, conocen a una Jean Harlow –dijo Mujía.

-Lo segundo lo acabamos de saber, ¿de dónde surge la primera coincidencia?

-Bueno... es sabido que la historia oficial dice de Bix que murió de pulmonía, pero también se dice que estaba corrido por la gente negra que habría querido liquidarlo.

-Bien. Por lo tanto podemos aceptar la versión de que Bix “escapó” a un atentado muriendo de pulmonía.

-¡Y que la mafia negra quedó con la sangre en el ojo!

-¡Y que Julio de alguna manera pagó aquella deuda!

-Creo que el que puede explicar mucho es el gordo del Café Negro.

-El supuesto Paul Whiteman; pero ¿cuándo podremos volver a verlo? Es un fantasma mezclado con lotería.

-¡Se me acaba de ocurrir algo! Tenemos que hacer venir a los muchachos de Baires –dijo Bettinelli.

-¿Razones?

-Primero, no podemos dejar de ir al Black Coffee y para eso tenemos que ser dos. Segundo, ellos serían los encargados de ver a Jean Harlow sin levantar sospechas entre los morochos.

-Creo que es una excelente idea. Pueden viajar a Lake Forest sin entrar en contacto con nosotros aquí. Nadie sospechará de ellos.

-Así es, veo que tu inteligencia funciona casi a la par de la mía –dijo Norberto.

-Siempre consideré que la sangre nos unía en varios sentidos, primo. Escribámosle hoy mismo y que consigan la guita de donde sea, pero que se vengan. Ya veremos cómo solucionar el tema del idioma; recordá que no saben un pito de inglés.



Cap. 27



En la carta que recibieron Carlos y Porche estaban los detalles del encuentro Jean-Bettinelli, además de otras puestas al tanto de los últimos avances.

-Convengamos en que son buenas razones para tener que ir –dijo Porche cuando terminaron de leer sentados a la mesita del Café.

-No vendrían mal unas vacaciones de invierno. ¿Cómo hacemos con la plata?

-Podríamos recurrir a los padres de Julio. No dejan de ser los afectados más directos.

-Buena idea, dame su teléfono y ya los estoy llamando –dijo Carlos. Al rato volvió.

-Buenas y malas –dijo.

-Cuáles.

-Están de acuerdo. Pueden disponer de un dinero, pero sólo para un pasaje de ida y vuelta.

-Es razonable –dijo Porche-. andá vos.

-Es injusto, tendríamos que ir los dos.

-Pero no se puede. Tiremos una moneda.

-No, esperá –dijo Carlos-. Yo no tengo los mínimos conocimientos de inglés; vos en cambio con tu trabajo en la agencia, mal que mal manejás algo el idioma. Por lo menos más que yo.

-Es cierto y tenemos que obviar sentimientos para ir a lo práctico –dijo Porche.

-Mañana sacate el pasaje. Yo lo veo al viejo de Julio al mediodía y me tendrá el dinero disponible. Te lo alcanzo en la oficina.

-Bien. Esta noche les escribo a Jackson y Bettinelli y les digo que viajo a Chicago y de allí directo a Lake Forest, si es que hay avión. Después, allá, nos manejaremos por teléfono.



Cap. 28



Bettinelli y Mujía atendían a una familia peruana de tres personas; un padre con dos hijos que tenían un conflicto laboral. No tenían la documentación al día y les resultaba difícil expresarse y hacerse valer. El patrón del restorán donde trabajaban los quería explotar con el sueldo. Para los primos era su primer trabajo “para hispanohablantes” según la idea de N.B., y significaba dinero que les ingresaría si conseguían torcerle el brazo al patrón a favor de los peruanos.

Estaban en eso cuando sonó el teléfono. El Mujic atendió; era Porche, hablaba desde Chicago recién llegado y no tenía avión directo a Lake Forest. Sólo había micros que tardaban un día, o avión a Jackson Heights que salía en un par de horas. Preguntaba qué podía hacer. Mujía le pidió un teléfono para llamarlo al aeropuerto en un ratito. Despidieron a los peruanos dándoles cita para el día siguiente.

-No nos queda otro remedio que decirle que se venga en avión, no lo podemos tener viajando casi todo un día. Llamalo y decile que se tome el avión para acá, estará llegando a las diez de la noche, uno de nosotros puede ir a recibirlo mientras el otro está en el Café Negro –dijo Bettinelli.

-Si hacemos rápido nadie se dará por enterado, lo acompañamos a cualquier hotel y que mañana bien temprano viaje a Lake Forest. A nosotros no nos conoce –agregó M.J. haciendo un guiño.

Así hicieron. Mujía se puso bigote y peluca y esperó a Porche en el aeropuerto de Jackson Heights con un cartelito que decía “Edgardo Porche”. Mientras, Bettinelli se acomodaba en la barra del Café Negro a la espera de sorpresas. Yiddle, el barman, le preguntó por Mujía y Norberto le dijo que no se sentía muy bien esa noche y se había quedado descansando. Ambrose, a las once de la noche presentó a los beboppers -como se denominaban a sí mismos- Charlie Parker y Dizzy Gillespie con el “Riff de la Metronome (?). Si bien la música bebop no era de la preferencia de Norberto, la disfrutó con el ánimo de quien está frente a lo imposible y fue pasando la noche sin que nada especial aconteciera, si es que se podía considerar de esa manera el estar escuchando tocar a “Bird” con Guillespie en persona. Así las cosas, Porche fue a parar a un hotel de segunda para no llamar la atención y el Mujic se retiró discretamente de la zona. Mientras esperaba un taxi que lo llevara a casa, le pareció ver entre las sombras al tipo de traje y sombrero que, marchando a paso rápido entre los árboles, se perdió en la esquina. Prefirió pensar que había sido sólo su imaginación.





Cap. 29



Porche salió en la mañana rumbo a Lake Forest con el mismo autobús que trasladó a Bettinelli. Era temprano y el día asoleado lo ponía feliz a pesar de la circunstancia que lo había llevado a Estados Unidos. Había puesto distancia con el invierno de Buenos Aires, que en esa época era lluvioso y frío. No pudo dejar de pensar en la cara de envidia de Carlos cuando lo despedía en el aeropuerto, al que quiso ir como para compensar el hecho de no viajar con su amigo. Constituían un trío inseparable y la muerte de Julio los había unido más, si es que eso era posible. Porche pensaba en todo esto y también estaba ansioso por el próximo encuentro con Jean Harlow. Cuando tomaron conciencia con Carlos de lo que podía haber significado el breve encuentro de Julio y Jean, no escaparon a la emoción de proyectarse en su amigo e imaginar que posiblemente fue el último reflejo de acercamiento a una mujer y nunca sabrían qué tipo de cosas habrían sucedido, si esa atracción hubiera sido lo suficientemente fuerte como para abstraerlo de seguir su camino. Ahora había pasado lo irreversible y ellos se sentían en parte responsables, pensando en una loca, estúpida posibilidad de haberlo retenido y tal vez nunca hubiera visto una corneta de jazz en la vidriera de una casa de música, en la que él no tenía nada que hacer. Y tampoco habría conocido a esa chica que él, Edgardo, ahora iba a conocer a su vez y que tendría que pedirle perdón por estar más tiempo con ella que lo que Julio había estado. Todo eso pensaba Porche mientras viajaba a reunirse con alguien que no conocía pero que tenía toda la sensación de conocer, y lo más curioso, de haber conocido en Buenos Aires, como si Julio hubiera aparecido en Florida y Diagonal una tarde y les hubiera dicho a él y a Carlos “Les presento a Jean; es mi novia. La conocí hoy y nos vamos a morir juntos en Lake Forest o Jackson Heights, todavía no lo tenemos del todo claro”. Y Jean con una sonrisa inolvidable, les decía “Nos conocimos hoy y nos vamos a ir a morir juntos para siempre”. Era verano, hacía calor y entonces pedían una cerveza cada uno. Los cuatro. En Florida y Diagonal.



Cap. 30



Y Porche llegó a Lake Forest, buscó la calle y el número en que vivía Jean Harlow con su madre y llamó a la puerta. Lo atendió una mujer de unos cincuenta y pico de años.

-Soy amigo de Bettinelli y de Julio Baxter –le dijo, tratando de hacerse entender con su pobre inglés y dando por sentado que era la madre y sabía del encuentro entre Norberto y Jean.

-¿?

-Querrá saber quién soy –dijo Porche

-Así es. No esperaba a nadie en especial.

-Llegué ayer desde Buenos Aires. Los primos me lo pidieron, ¿usted es la mamá de Jean?

-Sí, ¿y quiénes son los primos?

-Perdón. Bettinelli y Mujía Jackson son primos y están investigando sobre la muerte de Julio Baxter.

-¿Y usted sería...?

-Yo era muy amigo de él. Me llamo Edgardo Porche.

-Pase y siéntese. Jean estará por llegar.

-Gracias. Estoy ansioso por conocerla, aunque en realidad a la que vengo a ver es a usted.

-¿A mí? ¿Se puede saber por qué?

-Bueno, precisamente a raíz de esa muerte. Bettinelli me llamó y me contó sobre su encuentro con Jean y las cosas empezaron a tener un sentido, para la investigación.

-¿Un sentido?

-Sí, la muerte de Julio es un misterio para nosotros y el encuentro con su hija y lo que usted contó sobre la relación que tuvo su madre con Bix Baxter, empezó a desenredar la madeja.

-Veo que está al tanto de algunos detalles, pero igualmente no me resulta muy clara esa asociación ¿Qué puede tener en común una amistad o lo que sea que tuvo mi madre, con la muerte de su amigo?

En ese momento se abrió la puerta y entró Jean. Porche quedó fascinado, era como él la había imaginado; se puso de pie mientras ella se adelantó con expresión de pregunta ante esa presencia inesperada. Su mamá le dijo de quién se trataba, al mismo tiempo que Edgardo se presentaba como amigo de Julio y también de Bettinelli.

-Estábamos hablando sobre los misterios de una muerte actual y su relación con amistades de sesenta años atrás –dijo la madre un poco burlonamente.

A Porche le costó reingresar en la conversación anterior. Había quedado impactado con la presencia de Jean y lo que había estado pensando en el viaje. Trataba de imaginarla tomando una cerveza helada, sentada entre palomas en la vereda de un bar de Florida y Diagonal.

-Sí, entiendo que es confuso y no tiene demasiada explicación...

-...Pero al mismo tiempo le da un sentido al encuentro entre Julio y yo esa tarde en la terminal de ómnibus –lo interrumpió Jean.

-Sí –murmuró Porche como si las cosas le “cerraran” del todo.




-En fin, si ustedes quieren verlo relacionado, no me puedo oponer; no me enteré que ese encuentro significara mucho para vos –le dijo algo sorprendida la madre a Jean- Y usted joven dígame qué quiere saber.

-Permítanme que les explique primero por qué estoy yo acá y no Bettinelli.

-¿Hay alguna explicación? –preguntó Jean.

-Los primos están en Jackson Heights, digamos “de incógnito”. Nadie puede enterarse lo que en realidad están tratando de averiguar.

-¿Razones?

-Estarían... –Porche dudó en decirlo- amenazados de muerte.

-Eso es grave, ¿y por quién?

-Es difícil de creer. Hay una mafia de por medio.

-Muy difícil –dijo la mamá.

-Bien, –agregó Porche-, es cierto. Pero los primos han venido viviendo situaciones, que a pesar de lo inexplicables, van cerrando el círculo alrededor de la muerte de nuestro amigo. Si usted pudiera contarme acerca de su madre. Entiendo que también se llamaba Jean y fue más que una amiga para Bix Baxter.

-Jean Harlow. Yo también me casé con un Harlow y de ahí la repetición del apellido en mi hija. Cuando ella me contó de su encuentro con Bettinelli, me creó alguna confusión con eso de la muerte de Julio y el encuentro de ellos en la terminal. Pero después recordé algunas historias que mamá me contaba acerca de sus amigos en la juventud y su época de estudiante.

-Siga, siga, es muy importante.

-Sí. Mamá era estudiante de la escuela de jovencitas en Ferry Hall y el tal Bix la tenía bastante ocupada por aquellos años –sonrió con picardía-, él venía de tocar en muchos lugares, Chicago, Davenport –en donde, creo, había nacido- New Orleans, Princeton, y otras ciudades, y como había tocado en la orquesta de la Academia de Lake Forest, regresaba seguido.

-Evidentente había un doble motivo para hacerlo –dijo Porche.

-No sé si llegaron a verse como novios, pero creo que los dos estaban interesados en el otro, por lo que contaba mi madre. Después él murió prematuramente.

-Sí, en el verano de 1931, el siete de agosto. ¿Le contó algo su madre acerca de su muerte?

-Casi nada. Lo mencionaba como “una desgracia”. Pero, ahora estoy recordando que alguna vez me mostró fotografías de su juventud. Tendría que buscar entre las cosas archivadas.

-Sería fantástico que hubiera alguna documentación –dijo Edgardo.

-Sí –agregó Jean entusiasmada- fotos y cartas.

-Bien, ahora me iré, avíseme cuando encuentre algo ¿Conocen algún hotel barato? No voy a volver a Jackson Heights por ahora.



Cap. 31



Porche se instaló en un hotelucho muy cercano a la casa de Jean. Esa misma noche llamó a Bettinelli y al Mujic a Jackson Heights, y la dueña del edificio le dijo que no estaban en su oficina. Se dio cuenta de la hora, estarían en el Café Negro y volverían tarde. Estaba fundido. Los viajes más la reunión con “las Harlow” había sido demasiado por hoy. Se acostó y al rato dormía como un bendito.

Al otro día se levantó a las ocho, bajó al bufete del hotel y pidió un “café grande y bien caliente”. Estaba pendiente del teléfono; le había pedido a la dueña de la casa de los primos que lo llamaran en cuanto pudieran. Obviamente estos se habrían acostado tardísimo porque las horas pasaban sin novedad. Cerca del mediodía, dormitaba en un sillón cuando el conserje le dijo que había una llamada para él. Corrió hasta el teléfono. Era Mujía. Se atolondró para decirle que se había quedado en Lake Forest y que la conversación con la mamá de Jean había sido suculenta.

-Buenísimo. Nosotros nos acostamos a las tres. Ya te contaré, ¿de qué te enteraste?

Porche se sorprendió, era la primera vez que lo tuteaba y le gustó que lo hiciera.

-En resumen, su madre, la abuela de Jean, le contaba en esos momentos de confidencias y recuerdos, que Bix la visitaba bastante a menudo ya que había tocado en la orquesta de Lake Forest y volvía para hacerlo, sobre todo cuando tenía algún contrato en Jackson Heights.

-En Ferry Hall entiendo que había un colegio cercano a Lake Forest –dijo M.J.

-Exacto, allí estudiaba la abuela Jean, y los regresos de Bix estaban muy motivados por esa presencia. Parece que la cosa iba bastante en serio entre ellos.

-Increíble, y qué más contó.

No demasiado más de lo que le había dicho Jean a Bettinelli. Quedó en buscar evidencias como fotografías o cartas, porque recuerda que su madre alguna vez le mostró cosas así.

-Bien, nos mantendremos en contacto cuando haya novedades importantes. Mientras tanto me parece bien que permanezcas allá, ¡ah! y debo agradecerte por haber traído la yerba –dijo Mujía.

-De nada. Ahora el que no toma mate soy yo. Hasta pronto.

Porche se dirigía a su habitación cuando sonó nuevamente el teléfono y el del hotel le dijo que era para él.

-Sí, hable.

-Hola, ¿señor Porche? Habla la madre de Jean. Encontré una caja con cosas de mi madre, ¿cuándo quiere venir?

-Hoy mismo si no le molesta.

-En absoluto. Lo espero a las cuatro.

-Allí estaré sin falta.

A las cuatro de la tarde, Porche con pantalón liviano y remera, golpeaba la puerta de “las Harlow”. Le abrió la mamá.

-Pase y siéntese. Como sabe, Jean está en su trabajo y viene luego –se adelantó en informar-. Voy a traer esa caja de recuerdos.

Porche estaba entusiasmado y como pisando brasas. Lucy, que así se llamaba la mamá, volvió y se sentó junto a Porche que permanecía expectante. La caja contenía un sin fin de cosas; desde fotos, cartas y otros documentos viejos, hasta pequeños adminículos, de esos que suelen guardar las personas a lo largo de sus vidas, porque en algún momento tuvieron un significado. Apareció una fotografía en la que estaba la orquesta completa de Lake Forest, con el escudo de la Academia. Eran unas dieciocho personas. Estaban posando para la foto y los músicos tenían sus instrumentos en las manos. A Bix Baxter se lo podía reconocer por la corneta y aunque había otro tipo con corneta, se trataba de alguien viejo para que pudiera ser él. Porche se quedó un buen rato viéndola mientras la madre sacó una serie de cartas atadas con una cinta. La desató y comenzó a leerlas. Eran de varias personas cuyos nombres en algunos casos le traían lejanos recuerdos. Después otro paquete similar que al abrirlo mostró que se trataba de cartas de amor o por el estilo. Una de ellas dejó caer una foto. Era sin duda Bix y la carta era de él, fechada en marzo de 1931. Porche tomó la foto que mostraba a un hombre joven de expresión agradable, frente amplia, ojos y cabello oscuros; sólo se veía el busto y sostenía una corneta. Aunque no era parecido a Julio, pensó Porche, a primera vista hubiera podido pasar por argentino. Vestía smoking con moñito negro. Evidentemente era una foto para hacer pinta, ya sea con las chicas o para ganar contratos musicales. Mientras Porche la miraba como queriendo traspasarla, Lucy leía la carta y se había emocionado sacando un pañuelo para secarse los ojos. Era una declaración de amor en la que Bix le pedía a Jean que se casara con él y le prometía un fuerte cambio en su vida. A Lucy le pareció justo que Edgardo la leyera y se la pasó. En ese momento abrieron la puerta y entró Jean. Saludó y viendo lo que estaban viviendo se sentó junto a ellos. Porche leyó en voz alta: “Nuevamente he soñado contigo mi querida Jean, llevabas puesto el vestido de estudiante de Ferry Hall. Yo estaba tocando y entonces tú me invitabas desde la platea a seguirte. Bajé del escenario y fui hacia ti. Entonces te alejabas y como suele acontecer en los sueños, te dabas vuelta de tanto en tanto para mirarme y yo no podía alcanzarte. Así transponíamos una serie de cortinados que aleteaban con el viento. De pronto estábamos en el campo y allí se sucedían colinas que te ocultaban a corta, pero inalcanzable distancia. Volvía a verte y tú girabas la cabeza para sonreírme. De pronto, en tu lugar apareció un tipo con el sombrero echado sobre los ojos, se plantó enfrentándome y sacó un arma. Apuntó directo a mi corazón y disparó. La corneta que llevaba en las manos voló por el aire. Y entonces tú, echada de espaldas sobre el pasto, me mirabas desde abajo, mientras yo a impulsos del viento me fui alejando con rapidez en el cielo azul. Este sueño fue tan vívido que no puedo sacármelo de encima, porque tiene una parte buena y otra mala. Y en él es como si se me hiciera una advertencia y es por eso que quiero abandonar el alcohol y el tabaco que me están matando poco a poco y tú debes ayudarme. Querida Jean quiero que nos casemos y comprometerme ante ti para cambiar mi vida y sólo dedicarme a ti y a la música, las dos cosas que más quiero.

Te amo, Bix.”

Por un largo rato los tres permanecieron callados como si en lugar de haber estado leyendo una carta, Bix lo hubiera estado diciendo allí en persona.

-Bueno, parece que tu abuela había despertado algo intenso en este muchacho –le dijo a Jean, su madre.

Jean no contestó. Estaba conmocionada por esta revelación de una parte de la vida de su abuela, la otra Jean; pero a su vez no podía dejar de pensar en Julio y la curiosa aparición en su vida.

-¿Julio era bebedor? –preguntó finalmente a Porche, quien también había permanecido mudo.

-No, en absoluto. Tampoco conocía el jazz, adelantándome a lo que imagino estarán preguntándose. Carlos y yo no podemos vivir tranquilos con las dudas sobre su muerte.

-¿Quién es Carlos?

-Perdón, es mi amigo, trabajaba con Julio en la misma oficina. Es escritor aficionado y con Julio formábamos un trío de amigos del alma. Él quedó en Buenos Aires porque no podíamos viajar los dos.

-Voy entendiendo –dijo la mamá-. Y ustedes dos encargaron la investigación a Bettinelli y su primo.

-Sí, Mujía y Norberto son eruditos en jazz y además dominan el inglés, cosa que como verán no es mi fuerte y lo es menos en el caso de Carlos, les puedo asegurar.

Porche y Jean continuaron revisando la caja, mientras Lucy se levantó y fue a preparar la cena. Al rato volvió.

-Me gustaría que se quedara a cenar con nosotras –dijo-. ¿Aparecieron más cosas?

-Acepto. Creo que no podría irme así nomás luego de este descubrimiento.

-No –dijo Jean refiriéndose a la caja-, hay que seguir revisando y ver si en otras cartas descubrimos consecuencias de ésta.

-Bix murió o lo mataron en agosto de ese mismo año. Cinco meses después de esta carta. Vaya uno a saber qué fue de su vida en todo ese tiempo.

-Mamá no me contó nada que incluyera la continuidad de la relación. Y, por mi edad, no pudo pasar mucho tiempo para casarse con Harlow, mi padre

–sonrió.

-Podría suponerse que esa relación se cortó de alguna manera tal vez abrupta.

-Me inclino por adivinar que a mamá le gustaba el señor Baxter.

-Y posiblemente le haya dicho que sí y Bix no supo mantener esa promesa y casarse –dijo Porche-. lo digo por lo que sé sobre la vida que llevaba, a través de mis amigos, los primos.

-Vayamos a comer ahora. Mañana será otro día –cerró Lucy.



Cap. 32


La conferencia



Mujía Jackson se puso en campaña y contrató un viejo salón en desuso que, sin embargo, reunía las condiciones: Escenario y unas cien butacas. “Sólo me lo alquilan para cosas raras”, le había dicho el propio dueño, un polaco de nariz ganchuda. Pero la idea en realidad se le ocurrió a Porche cuando les preguntó a los primos si no se animaban a dar una charla sobre Jazz a fin de conseguir el dinero, siempre escaso. El Mujic y Bettinelli se miraron como preguntándose por qué no se les había ocurrido a ellos. Les pareció genial, porque además contribuía a esconder su verdadera ocupación en la ciudad.

A las siete de la tarde M.J. se apoderaba del micrófono y les anunciaba a los presentes –unos cincuenta, la mayoría hombres, tanto negros como blancos- que en pocos instantes estaría con ellos el conferencista: Norberto Bettinelli – Musicólogo y coleccionista argentino.

Y N.B. sentándose frente al público, comenzó así:


“JAZZ y TANGO - Posibles raíces comunes”



“Daremos por sentado que la más fuerte influencia sobre la música de jazz es la africana, sin pretender justificar este acerto por considerarlo poco menos que obvio para los presentes.

Una afirmación semejante respecto del tango escapa a nuestras posibilidades, dado nuestro escaso conocimiento sobre esta música. Sin embargo, nadie ignora la fuerte influencia africana sobre el tango; basta recordar la milonga, el candombe y quienes fueron sus creadores y cultores en el Río de la Plata. Otro dato significativo es que payadores tales como Gabino Ezeiza e Higinio Cazón fueron negros o mulatos.

La distintas potencias europeas que en siglos pasados patrocinaron la trata de esclavos organizaron ésta en forma tal que sus colonias americanas recibían esclavos provenientes de sus respectivas colonias africanas. Es así como el Brasil -posesión portuguesa- recibió esclavos dahomeyanos; a las colonias inglesas les fueron adjudicados negros provenientes de la zona conocida actualmente como Nigeria; Hispanoamérica tuvo fundamentalmente una población esclava formada por integrantes del grupo étnico yoruba. Cabe recordar asimismo que en épocas posteriores se produjeron transferencias de esclavos de una zona de influencia a otra. Una de ellas, y la cual nos interesa, es la que consistió en vender esclavos de Cuba para ser llevados a Jamaica y luego a Nueva Orleans, como así también directamente a esta última ciudad.

Una de las máximas figuras del jazz, Jelly Roll Morton, nos permite apreciar en muchas de sus grabaciones una forma de interpretación muy semejante a la comúnmente asociada a la música de tango. Los ejemplos son innumerables pero los más evidentes son los solos que Morton ejecuta en Hyena stomp y Billy goat stomp. El caso de máxima identificación ocurre en el tema en que Morton acompaña a la cantante de vodevil Lizzie Miles, titulado I hate a man like you. La introducción es, literalmente, la de un tango.

Otro aspecto de la producción artística de Morton que resulta desconcertante es que varios de los temas compuestos por él y cuyas partituras figuran en el libro “Mr. Jelly Roll” -biografía de Morton escrita por Alan Lomax- tienen el subtítulo de “tango” (!)

En ese mismo libro se transcribe la afirmación que Morton hiciera -durante la narración para la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos cuyo orador era Lomax-, de que para interpretar jazz era necesario hacerlo con el “Spanish tinge”. Esto se traduce literalmente como matiz, tinte o en forma figurada como gustillo, dejo. Esta última acepción es la que más se presta a definir lo que Morton quiso decir, y quizás esta afirmación sea el quid de mi artículo, como veremos luego.

Un dato muy significativo es que la palabra “tangó” pertenece al idioma Yoruba, y describe una forma especial de interpretar música.

Varios músicos de jazz, algunos relevantes, nacieron y se criaron en Hispanoamérica. El caso más destacado es Luis Russell, quien habiendo nacido en Panamá y tocado el piano profesionalmente en Colón, se trasladó a Nueva Orleans luego de ganar 3.000 dólares en la lotería local. La destacadísima carrera de Luis Russell en los Estados Unidos no corresponde ser descripta aquí, pero su caso no es el único.

Alberto Socarrás, quien grabó para Clarence Willams y Carmelo Jejo que actuó con él en el “Lew Leslie´s Blackbirds Show” son cubanos, y ambos tocaron en muy importantes conjuntos además de los nombrados, luego de haber comenzado su carrera musical en la ciudad de La Habana. Según el erudito suizo Theo Zwicky, Carmelo Jejo habría inclusive intervenido en algunas grabaciones de Morton.

Lo realmente significativo de esta información es que músicos negros provenientes de culturas cuya música popular no tenía aparentemente ninguna relación con la música de jazz, pudieron integrarse al medio jazzístico sin inconvenientes y aún destacarse como Luis Russell.

Es muy conocido el estilo musical de la habanera, que como su nombre lo indica se originó en la ciudad de La Habana. Este género se detecta muy fácilmente en muchas grabaciones de jazz, siendo el St. Louis Blues el ejemplo más notorio. No cuesta mucho esfuerzo imaginar que podría llamarse “yorubera” en lugar de “habanera”. Hace ya mucho que se afirma que la habanera ha tenido una fuerte gravitación sobre el tango.

Lo que Morton llamaba “Spanish tinge” no es más que la forma característica de los yoruba de interpretar su música (¿tangó?), que naturalmente había influenciado fuertemente la música popular cubana y a la que Morton erróneamente consideraba española, por ignorar sin duda la raíz de aquello que él apreciaba tanto: el dejo yoruba.

Este mismo “Spanish tinge”, ahora identificado como dejo yoruba, es el que se ha filtrado en el tango vía los negros introducidos en el Río de la Plata y, como ya vimos, provenientes de zonas donde predominaban los yorubas, debiendo tenerse en cuenta que muchos negros esclavos llevados originalmente a Cuba terminaron en Nueva Orleans, lugar de nacimiento de Morton.

La conclusión final de todo esto es que una característica común del tango y el jazz, es una cierta forma especial de interpretar ambos estilos musicales, introducida en ellos por la influencia yoruba, cuyo exponente máximo en el jazz y develador de la clave para su identificación fue Jelly Roll Morton.

Esta teoría explica unas cuantas cosas que siempre fueron un enigma para los investigadores. Una de ellas es el relativamente gran interés que existe en nuestro medio, en Argentina, por el jazz, cosa que no ocurre en los países de los cuales proviene la mayoría de los antepasados de nuestra población: España e Italia. Ese interés habría sido favorecido por estar acostumbrados quienes residimos en el Río de la Plata a escuchar tango desde nuestro nacimiento, música, claro está, con influencias semejantes a las del jazz. Relacionado con esto está el hecho de que los conjuntos argentinos de jazz tradicional son definitivamente los mejores del mundo (dicho sea con un amplio conocimiento del tema, y no en forma aventurada); lo que no puede explicarse sencillamente por las virtudes musicales de los intérpretes, que a pesar de poseerlas, en general tienen un conocimiento superficial de lo que se ha grabado en jazz. El Dr. Cesar Fratantoni, pianista argentino cultor del estilo mortoniano, actualmente radicado en Bulawayo, Rodhesia, nos decía luego de su viaje a Europa de hace unos 18 meses, que la razón de la excelencia de los conjuntos argentinos con respecto a sus iguales europeos, era que estos no habían escuchado tango continuamente como los argentinos, a pesar de que la mayoría de los músicos europeos poseen extensas discotecas de jazz, cosa aislada en nuestro medio.

Todos estos datos, teorías y suposiciones han sido expuestos sin ninguna pretensión de verdad definitiva sino apenas como un intento de despertar el interés de quienes estando en mejores condiciones, puedan estudiar este tema con mayor amplitud.

Nada más por hoy. Muchas gracias.”

Y levantándose salió por un costado del escenario en donde se encontraba Mujía a la expectativa. En ese momento se escucharon unos aplausos aislados que poco a poco fueron creciendo hasta convertirse en una catarata. Norberto tuvo que volver y saludar con una reverencia al entusiasmado público. Jamás en su vida habían oído hablar de semejantes teorías. Tampoco, a decir verdad, habían oído mucho sobre Tango.

Esa tarde se fueron para casa muy contentos. Habían recaudado una buena cantidad de dólares.



Cap. 33



Aguardaban con impaciencia la llamada de Porche cuando sonó el teléfono abajo y la dueña los llamó por el interno. Era Carlos. Llamaba desde Baires, estaba desesperado por noticias. Desde que Porche había partido no supo nada.

-Las cosas se van poniendo densas –le dijo el Mujic.

-¿Algún problema? –dijo la voz preocupada.

-No, al contrario, tu amigo está anclado en Lake Forest. Hasta que no “exprima” a las Harlow, tiene orden de no volver –exageró M.J.

-Pero ¿Qué pasó en concreto?

-La mamá de Jean encontró una caja con recuerdos de Jean Harlow abuela, en la que parece puede haber “secretos” sobre su relación con Bix.

-¿Y ahora? –insistió Carlos.

-Estamos esperando su llamado de un momento a otro para saber detalles sobre la famosa caja. Quedate tranquilo; ni bien sepamos algo serás el primero en enterarte.

-Por favor no dejen de hacerlo. Hasta pronto ¡Ah! me olvidaba, voy a cobrar un sueldo retroactivo de un juicio que le ganamos los empleados a la empresa. Es justo la guita para viajar, si es necesario, y lo voy a guardar para esa eventualidad.

-Me da gusto oír eso, Carlos. Nos hablamos, chau.

-Sí, chau.

El Mujic colgó y fue al dormitorio, en donde Bettinelli tendido boca arriba, vestido y con zapatos, descansaba en la cama con las manos cruzadas sobre el pecho.

-Estás en la actitud perfecta para ser velado luego de tu muerte causada por la mafia negra –le dijo a su primo.

-No te hagas el gracioso. ¿Qué te dijo Carlos?

-Estaba preocupado por la falta de noticias. Y lo más importante, tendría un dinero extra para venir, llegado el caso.

-Me parece bárbaro. Puede que lo necesitemos por acá según lo que pase. Vamos a hacer algo de comer.

Habían decidido no ir todas las noches al Café Negro a raíz de las amenazas recibidas y se abocaron a preparar la cena cuando sonó el teléfono. Esta vez era Porche.

-Hola. Antes llamé y estaba ocupado. No quería que pasara la hora y se me fueran al Coffee Black sin contarles sobre la caja de recuerdos.

-Hoy no vamos. A riesgo de perdernos algo importante decidimos espaciar nuestras visitas para no levantar sospechas. Estamos preparándonos la cena.

-Qué suerte que pueden comer a una hora como la gente. Yo cené con las Harlow, tan temprano como lo hacen acá. Todavía no me acostumbré. Por otro lado, es una macana lo del Café Negro, pero si es tan peligroso, ustedes lo saben mejor que yo.

-Contame qué descubrieron en esa famosa caja –pidió M.J.

-Bien, todavía estoy conmocionado. Vimos unas fotos de Bix Baxter y leímos una carta de amor a Jean.

-¡Extraordinario! –casi gritó M.J., lo que hizo que Bettinelli, cebolla en mano, se pegara al tubo tratando de escuchar.

-Sí, fue emocionante. En la carta él le declara su amor y le pide casarse para que además lo ayude a abandonar su vida de borracho a pura noche. Parece que el hombre vivía de juerga en juerga y le cuenta a Jean que había tenido un sueño muy vívido y revelador que lo alertaba sobre una muerte violenta.

-¡Extraordinario! –volvió a decir el Mujic con Norberto pegado a su oreja.

-Sí, realmente. Después lo charlamos largamente con Jean y Lucy –así se llama la madre-, pero no pudimos sacar conclusiones sobre por qué no lo llegaron a concretar.

-Me imagino ¿Y qué hubo con las fotos?

-Las fotos eran dos. En una están todos los componentes de una orquesta en la que tocaba Bix. Aparece con su corneta y muy joven. La otra es de él solo y da la impresión de una fotografía sacada para publicidad, como para un afiche de lugares de actuación y esas cosas. Está con smoking y la corneta que asoma a su lado. Pero a la vez es una buena foto para seducir a una chica.



-¡Qué bueno! Digo... es un gran acercamiento a la vida íntima de Bix.

-Ya lo creo; y bueno, después que leímos la carta nos quedamos los tres muy impactados y luego seguimos revolviendo con Jean. Ella está impresionada y lo asocia todo con su corto encuentro con Julio. Pero no apareció ninguna otra cosa que tuviera que ver.

-Qué extraño ese corte abrupto, pero claro, quizás el “corte” haya sido sólo epistolar.

-Precisamente es lo que yo les decía a las mujeres, quién puede saber todo lo que pasó entre esa carta y la muerte de Bix.

-Preguntale qué fecha tiene la carta –sopló Bettinelli.

Porche lo oyó y contestó que estaba fechada en marzo del treintiuno.

-Cinco meses antes de la muerte.

-Exacto –dijo Porche.

-¿Y entre paréntesis, qué te pareció Jean?

-Ah, es un párrafo aparte. Una preciosura de chica. Muy dulce, muy dulce. Cuando la vi me lo imaginaba a Julio.

-Sí, es lo que dijo Norberto. Bueno, antes que cortemos quiero decirte que llamó Carlos; estaba desesperado por la falta de noticias y además me contó que tendría la guita para venir, si hace falta.

-¡Bárbaro, bien por Carlos!

-Y, para vos, ¿qué hay entre esto que nos contás y la muerte de Julio?

-Nada...y a la vez todo.

-Bueno, es de una ambigüedad total. Que dirían los espectadores de una obra teatral en la cual se pretende llegar a alguna conclusión y el autor les sale con lo que acabás de decir. O viendo una película en la que se desarrolla una trama de suspenso que no conduce a nada.

-No sé, es algo que supera mi imaginación. Tendríamos que sentarnos a discutirlo con vos, con Carlos y con Bettinelli.

-Bueno, creo que en principio vamos a cortar, porque estoy llorando; lo tengo aquí al lado a Norberto hace quince minutos con una cebolla a medio cortar –dijo el Mujic.

-Bien, mañana posiblemente vuelva a verme con Jean y la mamá y luego regrese a Jackson Heights, salvo mejor opinión –agregó Porche.

-Sí. Quedemos en eso. No vengas a la oficina, andate al hotel en el que te alojaste y nos llamás. Chau.

-Bien. Hasta pronto.

Los primos volvieron a la cocina. Bettinelli tenía puesto un delantal de mujer de esos con pechera, cuya falda le quedaba corta debido a su estatura, y Mujía, en camiseta sin mangas que destacaba su abdomen, con un repasador de tela roja al hombro, lucía una gorra blanca liviana, que según él le protegía la falta de pelo contra cualquier quemadura o cosa por el estilo. Mientras uno picaba cebolla, ajo y morrones, el otro desmenuzaba una carne molida que habían conseguido rebuscando en los autoservicios. Estaban contentos porque habían encontrado “macarroni” crudos para cocinarlos ellos mismos. Un pan blanco y un vino con soda completaban la cena de su noche libre del Café Negro. No era cuestión de estar permanentemente preocupados, habían dicho.



Cap. 34


La casa de la “M”



Al día siguiente Norberto se incorporó en la cama despertando a M.J.

-Hoy mismo le voy a reclamar a la señora el cambio de cama que me prometió. Ocupás demasiado espacio además de tentarme cuando te das vuelta durante la noche –dijo Mujía.

-No te hagas el gracioso ¿De qué se trataban las fotos de Bix?

El Mujic trató de despabilarse y se restregaba los ojos.

-Por lo que entendí de la descripción de Porche, la que lo muestra a él solo, me hizo recordar la figura de la tapa de un Long Play que vos tenés. La otra parece que muestra la orquesta completa de la Academia de Lake Forest.

-Esa puede ser un verdadero documento de colección –se interesó Bettinelli.

-Sí, pero la primera les puede significar mucho a Carlos y Porche. Bien, pero ahora, si queremos avanzar tenemos que decidir un próximo paso –dijo el Mujic-. Por ejemplo, encarar de una buena vez la visita al local de música.

-El local de la muerte –dijo Norberto.

-Tenemos que aprovechar la trascendencia de tu conferencia para aparecernos por allí “disfrazados” de musicólogos.

-Podría ser un buen motivo para disimular averiguaciones.

-Sí –se entusiasmó M.J.-. Una vez allí se nos irán ocurriendo las preguntas tratando de no levantar sospechas.

-No va a ser tan fácil. Por ejemplo, qué podemos preguntar sobre la muerte de un sudaca durante un asalto, qué tendría que ver con nuestra ocupación.

-Ya veremos en el momento. Opino que tenemos que ir de una buena vez.

-Bien, estoy de acuerdo. Hagámoslo, ¿cuándo?, ¿hoy mismo?

-Diría que sí. Vayamos por la tarde. Aunque Porche regrese, puede esperar; ya nos contó lo más importante.

-Después decidiremos si vamos al Café Negro esta noche.

-No estaría mal para chequear el impacto de nuestra visita a la casa de música.

En realidad no se trataba de una casa de música como las que conocían los primos en Baires. Era mas bien una casa de antigüedades en la que había una cierta cantidad de instrumentos musicales, en su mayoría en desuso. Entraron sin dar vueltas en la calle y haciéndose los despreocupados comenzaron por recorrer mesas y estantes. Si había algo que abundaba era el polvo, pero a la vez le daba ese aire de casa de antigüedades precisamente. Había una sola persona atendiendo, un hombre como de unos cincuenta años que le mostraba a un cliente una colección de revistas viejas. En un momento dejó que el tipo las revisara y se dirigió a los primos preguntando si buscaban algo en particular.

-Nosotros somos los argentinos que dimos una conferencia sobre Jazz hace muy poco.

-Me enteré que gustó mucho –exclamó el hombre-. Y ¿Cuál es el motivo que los trae?

-Somos musicólogos y estamos escribiendo un libro sobre historia del jazz en Jackson Heights.

-Mmmmmmh, interesante. Hay una rica historia sobre el tema por aquí. Les puedo ofrecer más de una cosa.

-¿Por ejemplo? –preguntó Bettinelli.

-Publicaciones de época, muebles de algunos músicos, hasta algún instrumento valioso quizás.

-Sí, nos interesa todo lo relacionado con la llamada época de oro y más; hasta 1950 diríamos –dijo disimulando Norberto.

-Les aseguro que van a tener que volver más de una vez. Hay bastante de todo eso.

-Fantástico, ¿puede mostrarnos algún instrumento por ejemplo? –se apresuró el Mujic.

Bettinelli lo fulminó con la mirada, pero ya estaba dicho.

-Mmmmmmh, sí, vengan por aquí.

Se detuvo en una mesa, retiró un estuche negro, evidentemente de corneta y lo abrió.

-A los primos se les puso la piel de gallina.

-Es una corneta –dijo M.J. estúpidamente.

El interior de terciopelo rojo estaba muy gastado, pero la corneta relucía como el mejor bronce.

-En efecto. Si les digo a quién perteneció puedo aceptar que no me lo crean -dijo el anticuario sonriendo con unos dientes desparejos y manchados de tabaco.

-A quién –tembló contenidamente N.B., pero previendo la respuesta.

-A Bix Baxter. El mejor cornetista blanco de todos los tiempos. No hace falta que yo se lo diga a ustedes que son expertos.

-Es difícil creerlo pero no... pensando que él andaba seguido por aquí...

-Bueno, vean la segunda sorpresa. Lean qué dice aquí -les dijo señalando un borde del interior del estuche y sin dejar de sonreír.

Los primos leyeron borrosa pero claramente “Bix Baxter”. Lo que corroboraba por lo menos la pertenencia del estuche y no había motivos para dudar que la corneta también tenía esa procedencia. Hubo un silencio que prolongó de ex profeso el anticuario jugando con la emoción de los argentinos, la cual era disimulada pero notoria.

-Bueno, nos dejó mudos, ¡¿cómo puede estar archivada aquí, y disculpe, semejante reliquia?! Creo que en todo el mundo habrá cientos de coleccionistas que quisieran poseerla –dijo Bettinelli.

-Así es; cientos de ellos me han hecho las mejores ofertas. Pero el asunto es que no la tengo en venta. No la vendo así me ofrezcan un millón de dólares.

-No lo puedo creer –dijo Mujía Jackson.

-Mmmmmmh, así es mi estimado amigo, no la vendo por todo el oro del mundo. Creo que esta corneta me ha traído aparejadas más ventas, que cualquiera de las otras cosas que poseo. Es una pieza de museo que no puede ni debe salir de Jackson Heights.

-Entiendo, la usa como una mayúscula atracción de colección.

-Sí, mis amigos. Pero además sería peligroso que saliera de esta ciudad.

Los primos estaban al borde del colapso nervioso pero se contenían. Esta última aseveración los ponía al extremo de la solución de sus investigaciones.

-¿Por qué dice usted eso? –preguntó tímidamente Mujía.

-Mmmmmmh, vean –dijo bajando la voz-. Como ejemplo. Les cuento lo que pasó hace casi un año acá mismo y con esta corneta. Norberto y Mujía se alertaron, venía lo mejor o lo peor, no lo sabían.

En eso el cliente de las revistas interrumpió para decir que se retiraba y el anticuario se le aproximó para saludarlo. Luego volvió a donde estaban los primos, que no se habían animado a tocar el instrumento.

-Les decía, hace unos cuantos meses yo estaba acá atendiendo, mejor dicho, en ese momento estaba cobrando algo que había vendido, cuando entró un hombre joven que me pareció sudamericano por el aspecto y sin pronunciar palabra me señaló la corneta; que en esa época exhibía en la vidriera. Fui a buscarla y en el instante que se la mostré y él la tomó, alguien que salió no sé de dónde se le plantó de frente a unos pasos de distancia, sacó un arma y le disparó al centro del pecho. La corneta voló por el aire. Acá pueden ver un golpe que la abolló en el borde al caer al suelo. El tipo cayó fulminado por el disparo. Murió en pocos segundos sangrando profusamente.

Los primos lívidos, escuchaban, hasta que Norberto preguntó.

-¿Alguien más presenció esto?

-Mmmmmmh, sí, la persona a la cual estaba yo cobrándole su compra.

-¿Dijo algo?

-Gritó...¡Es un asalto!

-Y el que disparó, ¿quién era? –preguntó el Mujic.

-Mmmmmmh, esta misma pregunta me la hizo la policía en varias oportunidades. No lo sé, contestaba yo como ahora le contesto a usted. No lo conocía.

-Al menos recordará cómo era el tipo.

-Un hombre de raza negra, delgado, con traje y sombrero que inmediatamente desapareció.

-Usted dijo que la otra persona gritó “es un asalto”.

-Así es, pero yo no lo creo, puede que se haya asustado pero a la caja con el dinero ni la miró.

-Usted dónde estaba en ese momento.

-Me tiré al suelo cuando vi correr al tipo con el arma, se dirigió hacia la caja pero siempre pensé que fue para tomar exacta distancia a la víctima y no errar.

-¿Está seguro de esa sensación de ausencia de interés por la caja del dinero? –preguntó Mujía.

-Sí, siempre tuve esa idea, a pesar de lo cual la policía se quedó con la versión más fácil: La del asalto por dinero y muerte casual de un – y disculpen ustedes- sudamericano.

-Lo entendemos –dijo Bettinelli-, y una pregunta más: la otra persona que estaba y usted dice que gritó “es un asalto”, ¿era alguien conocido?.

-No, jamás lo había visto.

-¿Recuerda cómo era?

-Oh, sí, era muy notable –sonrió el anticuario-. Un gordo de raza blanca de cara redonda y bigotitos finos.

Los primos se miraron petrificados y se leyeron mutuamente el pensamiento. “Paul Whiteman”. Pero no dijeron nada.

-Bueno, así es, ahora si me disculpan tengo cosas para hacer. Sigan revisando si quieren y cualquier cosa pregunten –dijo el anticuario.

-Por hoy nos vamos, pero como usted bien lo dijo, deberemos volver.

-Cuando gusten. Adiós.

El anticuario los vio irse y se acarició la barbilla preguntándose el por qué de tanta pregunta alrededor de aquella muerte.




Cap. 35



-Me llevo el piano.

-¡¿Se puede saber por qué?!

-Porque me lo llevo.

-¿Adónde lo llevas?

-Te dejo el chelo nuevo.

-Contestame qué te pasa con el piano.

-No es nada, voy a probar otras cosas y en otro lado.

-¡Sos el mismo reventado de siempre!

-¡Y vos el mismo perseguidor aburrido!

-¡Te juro que te vas a llevar sólo astillas!

-¡Llegás a hacerle algo a ese piano y te parto la cabeza!

-Para tu información, me lo veía venir y en este momento ya se lo habrán llevado.

-¡¿Adónde?! ¡¿Quién se lo está llevando?! ¡Contestá porque te mato!

-Es tarde para vos. Hice que se llevaran los instrumentos hoy temprano.

-¿Me querés decir por qué lo hiciste?

-Te veía venir. Últimamente me esquivabas y ensayabas poco.

-Pero de ahí a sacar todo... Me podías haber dicho...

-Tenés que ir a la grabadora. Anoche te llamaron.

-No me vengas con eso ahora. Quiero saber adónde fue a parar el piano.

-Vos podés arreglarte con los otros instrumentos que tocás. Yo, en cambio sin el piano estoy muerto.

-¡Sos un repodrido de la cabeza!

-¡Y vos un inservible! ¡Con piano y sin él!

-¡Esto no termina aquí! ¡Ya voy a saber adónde te lo llevaste y podés estar seguro que lo vas a perder!

Mujía pegó un salto en la cama. Norberto lo sacudía para despertarlo. Estaba amaneciendo.

-¿Se puede saber qué soñabas? Estabas a los saltos.

-Un sueño horrible; era músico y discutía con otro tipo sobre un piano; qué sé yo. Un bodrio de esos bien fulero de los sueños –dijo el Mujic sentándose contra el respaldo y pasándose las manos por la cara transpirada.

-Dejame dormir ahora, recién empieza a amanecer –dijo Bettinelli.

M.J. se levantó y fue al baño a darse una ducha.

Al rato apareció con otro semblante, ya más distendido. Norberto estaba con los ojos abiertos.

-No puedo seguir durmiendo. Me trabaja la cabeza alrededor de la casa de la música –dijo.

-La casa de la muerte –repitió Mujía- Hago unos mates y lo analizamos un poco.

-Lo que me dé el bocho a esta hora. Encima hace un calor infernal, menos mal que tenemos el ventilador de techo –dijo N.B.

Mujía volvió con el mate y la pava al dormitorio.

-Estaba pensando si no le habremos llamado la atención al anticuario con tantas preguntas sobre el asalto.

-Hicimos demasiadas, ¿no?

-Muchas y no tienen nada que ver con la edición de un libro de Jazz.

-Es cierto. La próxima vez que vayamos tratemos de disimular interesándonos por otros elementos.

-Sí, de todos modos, te digo que este tipo debe tener cada cosas ahí adentro.

En ese momento sonó el teléfono. Era Porche. Él tampoco podía dormir.

-¿En dónde estás? –le preguntó el Mujic.

-En el hotel, acá en Jackson Heights. Volví anoche, los llamé y no estaban.

-Bien. Es demasiado temprano para que haya movidas peligrosas. Venite para acá que tenemos algo terrible y suculento para contarte. Es muy importante. Tratá que no te vean entrar aquí.

Al rato golpearon la puerta. Era Edgardo.

-Me vine volando. No hay un alma en la calle.

Miraron la hora. Las seis y veinte de la mañana.

-Estamos analizando con Norberto nuestra visita a la famosa casa de música –dijo M.J.

-¡No me digan que finalmente se animaron!

-Sí, pensamos que el éxito de la conferencia facilitaría las cosas.

Y los primos le contaron con pormenores a Porche la develación de los últimos momentos de Julio. Cuando finalizaron hubo un largo silencio en el que Porche seguramente asimilaba lo escuchado. Era enterarse, por boca de alguien que lo había presenciado, cómo había muerto su amigo.

-Así es querido Edgardo, es información de primera mano. Nos hubiera gustado que estuvieras allí, pero tu presencia te hubiera involucrado con nosotros y mientras podamos, tenemos que independizar nuestros movimientos. Tanto yo como Mujía estamos de acuerdo en que el tipo no miente –dijo Bettinelli.

-Lo creo. Y el lugar, adentro, ¿cómo es?

-Es una casa de antigüedades, que además es una especie de museo del Jazz y precisamente está preservado por tratarse Jackson Heights de una ciudad de menor importancia en el mundo del jazz –dijo Mujía.

-Injustificadamente –dijo Norberto.

-Estoy de acuerdo. Veamos. Todo lo que contó alrededor del asalto fue una revelación, pero lo que más me impresionó es que haya aparecido en aquel momento el increíble Paul Whiteman.

-¿Ese quién es? –preguntó Porche.

Los primos se miraron, ¿cómo explicarlo?

-Todavía no te contamos a fondo todas las vivencias nuestras en el Café Negro. Los acontecimientos ligados con el pasado del Jazz, que no tienen una explicación lógica en el sentido pragmático, incluyen a este personaje.

-Creo que lo entiendo a medias ¿Quién era exactamente?

-Fue, en su momento de gloria, el director de una gran orquesta de jazz. Para ubicarte más exactamente, parecida a la de la fotografía que viste en Lake Forest. Tuvo gran éxito en los salones bailables; pero era denostada por muchos músicos, sobre todo negros, por tratarse de una banda para baile que rompía los esquemas del jazz auténtico. Encima el tipo era un blanco.

-Bien. Está más claro, ¿y entonces?

-Esto es archisabido para los entendidos. Paul Whiteman era sinónimo de antítesis del jazz –agregó Mujía-. Pero el caso es que se nos apareció en el Café Negro tratando de disuadirnos que sigamos con estas averiguaciones sobre Julio Baxter.

-Entiendo. El tipo tiene mucho que ver en todo.

-Demasiado. Sobre todo ahora que aparece en el grupo de gente que presenció la muerte de Julio.

-Entonces, ¿cómo ligar a un personaje del pasado con esa muerte?

-Eso mismo. Estamos muy atentos con el Mujic a que aparezca otra vez por el Black Coffee. Pensamos acorralarlo con lo que sabemos ahora a través del anticuario y que desembuche de una vez por todas qué pretende.

-Amigos, ustedes no dejan de sorprenderme. ¿Cómo hacerlo con alguien supuestamente muerto, ya hace una punta de años?

-No lo sabemos. Lo cierto es que cuando aparece se le huele la transpiración al gordo –dijo Bettinelli.



Cap. 36



-Hay una llamada urgente para usted, señor Porche- le decían a Edgardo a través de la puerta de su habitación en el hotelucho. Se levantó tratando de despabilarse y atendió.

-¡Hola! ¿Cómo estás hermano? Soy Carlos, perdoná si te desperté, pero tengo que contarte algo importante.

-Yo bien, pero, ¿en dónde estás? –preguntó Edgardo todavía dormido.

-Obviamente en Baires. Escuchame bien. Tuve una visita un poco rara, un tipo morochito, flaquito, se vino a quejar porque no lo invitamos al festival de jazz. Traté de esquivar el bulto como pude; le dije que yo no conocía el mundillo del Jazz y que no había sido el encargado de las invitaciones. En una me dijo que conocía muy bien a Mujía Jackson y a Bettinelli y quería verlos porque no les perdonaba la omisión.

-¿Y entonces?

-Lo hice pasar y le conté el motivo del festival pensando que podía llegar a sumar algo a nuestras averiguaciones. También le dije que ustedes están en Estados Unidos investigando el asunto. Entonces ahí me sorprendió diciendo que él sabe algunas cosas sobre la mafia negra y estaba dispuesto a viajar y participar ofreciendo una presentación musical que a su vez le serviría de resarcimiento, pues no aceptaba que se lo hubiera dejado de lado.

-Bien, le contaré a los primos ¿Cómo era el hombre?

-Ya te digo, morocho, flaquito, bigote y pelo algo mota, aplastado; vestía un traje blanco impecable. Parecía un cubano de los años cincuenta.

-Te habrá dicho cómo se llamaba, me imagino –dijo Porche.

-Sí, Oscar Alemán. Dijo que es guitarrista.

-Bueno, se lo comento lo antes posible a ellos y te llamamos. Un abrazo.

-Llamame apenas puedas porque el tipo es un poco acelerado y me va a volver a visitar. Un abrazo– Y ambos colgaron.

Edgardo se vistió y salió a desayunar. Luego iría a lo de los primos. Eran las ocho y media y no se podía aparecer muy temprano porque sabía que la noche anterior habían ido al Café Negro y seguramente se habían acostado tarde.

Luego, ya en la oficina, les contaba la llamada de Carlos. El Mujic y Bettinelli escuchaban asombrados.

-Oscar Alemán, ¿eh? Este personaje está muerto y enterrado hace ya rato, mal podíamos haberlo invitado al festival –Dijo N.B.

-Era un eximio guitarrista al que las circunstancias lo obligaban a dar a sus presentaciones un toque de show humorístico –agregó Mujía.

-Pero era de los mejores en el jazz argentino.

-Oigan, si no les parece mal, podríamos llamarlo a Carlos ahora mismo, para sugerirle algo que le pueda decir a esta persona –dijo Porche.

-Para mí lo mejor de él estaba en “¿Quién está triste ahora?” –pareció recordar de golpe el Mujic- A lo que Norberto dijo que no se podía olvidar que la versión de “Limehouse Blues” era muy buena, comparable a la de Hot Club de France.

-Sí –agregó M.J.-, bueno, tenía varias que las “sacaba” bárbaras, “Tengo ritmo”, el mismo “Saint Louis Blues”...

-Sí, esas grabaciones que tiene con el violinista, ¿cómo se llamaba? –se entusiasmó Bettinelli-, por ejemplo “Night and Day”...

-Bueno, bueno –los interrumpió Edgardo-, mejor llamemos a Carlos ahora.

En eso sonó el teléfono. Atendió Porche.

-¡Hola, soy Carlos! –hablaba en voz baja y sonaba azorado-. ¡Estoy de nuevo con este tipo aquí! Insiste en que quiere viajar y dice que no tiene problemas de dinero para ir mañana mismo.

-Esperá, acá estoy con Bettinelli y el Mujic; ya les conté la historia y dicen que no lo invitaron porque Oscar Alemán ya está muerto hace rato.

-¡¿Cómo que está muerto?! Me vino a ver a la oficina, es verdad que parece un poco ridículo con esta ropa, sobre todo que acá es invierno y él de blanco... Todos lo miran y mi jefe me mira a mí. Es un bicho raro y me lo tengo que sacar de encima lo antes posible ¿Qué le digo?

-Esperá que te paso con Mujía.

-Hola Carlos, habla Mujía Jackson, pasame con él que le hago un par de preguntas y si es un impostor se va a deschavar.

-¿Te parece? –titubeó Carlos.

-Vos dame con él –dijo con firmeza M.J., avalado por un asentimiento de cabeza de Norberto.

Hubo un minuto de silencio y por fin el tal Oscar Alemán habló preguntando “con-quién-tenía-el-gusto”.

-Soy Mujía Jackson, ¿así que quiere venirse para acá?

-Sí, podría ser la forma de resarcir su olvido y el de Bettinelli en no haberme invitado al festival argentino de jazz que organizaron hace un tiempito.

-Bueno, sabrá disculparnos, no es que no lo tuviéramos en cuenta. Pero antes que nada quisiera que me recordara un par de cosas.

-Diga.

-Con mi primo no podemos acordarnos. ¿Quién era el violinista que lo acompañaba en “Señora sea buena”?

-Hernán Oliva –dijo Oscar Alemán sin dudar un segundo.

-¡Por supuesto! Y otra cosa, el clarinetista que lo acompaña cuando toca el “St. Louis Blues” y en “Té para dos”...

-Marito Cosentino –lo interrumpió O.A.-. Oiga si esto es un examen porque duda de mí, acá tengo el documento para mostrarle a su amigo. Pero no perdamos tiempo, no se hagan problemas por el pasaje, yo me lo puedo pagar. Allá podemos hablar más cómodos y me van a explicar por qué no me invitaron. Acá le paso con el amigo Carlos.

-Como verán el tipo está decidido y creo que viajaría de todos modos aunque nos opusiéramos. Al contarle la historia de Julio le hablé de Jackson Heights, así que sabe dónde están. Por otro lado dice que tiene conexiones con gente de la vieja época y puede ofrecer un recital y hacer unos dólares para el “fondo de investigación”. Yo mismo tengo algunas ideas con mis trabajos literarios para contribuir –dijo Carlos.

-Vos tenés unas ganas de venir que te salís de la vaina –contestó Porche.

-Desde ya que yo también me largo, porque aquí no me aguanto y ahora tengo un motivo.

-¿Cuál?

-Acompañar a Oscar Alemán.



Cap. 37



No querían que los vieran juntos y hasta ese momento la estrategia había dado resultado. Los ánimos de la supuesta mafia parecían haberse calmado. Los primos le habían dicho a Carlos que cuando llegaran a Chicago sacaran pasaje en el vuelo a Jackson Heights y allí trataran de ubicarlo a Porche. Él sería quien los recibiría en el aeropuerto. A éste, supuestamente no lo conocía nadie. Era el indicado para hacerlo. Y allí estaba Edgardo con un cartel que decía “Carlos y Oscar”. Su amigo avanzaba hacia él con dos personas más y se dieron un abrazo con emoción.

–No veía el momento de reunirme con vos y los primos, te juro que ya no aguantaba más estar lejos de las acciones. Por suerte apareció este personaje y precipitó las cosas –largó Carlos conmocionado- Te los presento. El señor es Oscar Alemán y su amigo, el señor Hernán Oliva. –Mucho gusto. Edgardo Porche. Vayamos a tomar un auto.

En el trayecto al hotel les explicó que él se alojaba en un lugar económico y que ellos verían si preferían otro mejor. Edgardo aprovechó que Oscar y Hernán inspeccionaban el sitio, para preguntarle a Carlos por el tal Hernán Oliva.

-Es amigo de Oscar, también músico. Es violinista, Oscar insistió en traerlo para tocar con él y le pagó el pasaje.

-Espero que esta movida sea para bien –dijo Porche.

Aparecieron los músicos diciendo que no estaba del todo mal y que por ahora tomarían una habitación para dos allí mismo; que eran gente sencilla y más adelante verían, según se dieran las circunstancias.

-Entonces, todo arreglado –dijo Carlos-, yo me quedo aquí. Compartiré la habitación con Edgardo, tenemos mucho que hablar.

Y dicho esto bajaron a la conserjería los cuatro. Querían comunicarse con Bettinelli y Mujía para arreglar un encuentro.

-Hola, sí, habla Bettinelli ¡Por fin! ¿Cómo fue todo? –preguntó aliviado N.B.

-Bien –contestó Porche-. acá estamos los cuatro ya instalados en el mismo hotel.

-¿Cómo los cuatro? ¿Quién se agregó?

-Oscar Alemán se trajo un amigo violinista de jazz con él.

Bettinelli pegó un respingo. -¿Quién es?-, preguntó sorprendido.

-Se llama Hernán Oliva. Parece que Oscar sin él no toca últimamente.

-Bueno, ¡qué novedad!, espero que no nos complique. Ya somos lo más parecido a una colonia de argentinos radicados en Jackson Heights. Lo voy a considerar con el Mujic. Quizás convenga que se instalen en otro hotel, para despistar.

-Tal vez sea mejor ¿Cuándo y dónde nos vemos?

-Te llamo en un rato, dame tiempo a consultarlo con el Mujic. Hasta luego.

-Sí, lo mejor es que Alemán y Oliva se muden a otro hotel y estemos en contacto personal lo menos posible –dijo M.J. cuando Bettinelli le contó- Es obvio que no pueda tocar con otro, ya hace unos años que ambos están “del otro lado”. En cuanto a vernos, creo que podría ser por separado; es decir no juntarnos los seis.

-Yo creo lo mismo. Arreglemos primero con Oscar Alemán y Hernán Oliva ya que tienen “sed de venganza” –dijo bromeando Norberto-. Si nos encontramos en un bar cualquiera, no vamos a llamar la atención.

-Bien, podemos fingir que son clientes nuestros.

-Perfecto. Llamo al hotel y arreglo.

A las ocho de la noche los primos se encontraron en un bar alejado, con los dos músicos.

-En realidad no es que no los tuviéramos en cuenta, simplemente no contábamos con la posibilidad de que estuvieran todavía por aquí, quiero decir en Buenos Aires –trataba de contemporizar Bettinelli ante el ya menos ofendido Oscar Alemán.

-Creo que de todos modos estuvieron presentes en el recuerdo de todos los que estuvieron allí esa noche –agregó el Mujic.

-Muchas gracias. Nos hubiera gustado mucho haber tocado en la ocasión –dijo Oscar.

-Y por eso mismo queremos tocar acá, ahora –dijo Hernán Oliva.

La conversación derivó rápidamente al tema de la muerte de Julio.

-Es un caso especial por tratarse de un desconocido sin nada que ver en el mundo del jazz. Tal vez haya sido una confusión de persona –dijo Oscar.

-Puede ser que hayan traído al individuo equivocado para ejecutar la venganza –agregó Hernán.

-Ustedes quieren decir que Julio fue víctima involuntaria de un ajuste de cuentas, como se suele decir –dijo Bettinelli.

-Eso se cae de maduro. Por lo que me contó Carlos, la personalidad de este muchacho era en absoluto ajena al entorno jazzístico.

-Sólo coincide el apellido –dijo el Mujic.

-Sólo coincide el apellido –murmuró automáticamente N.B. como para él.

-Conozco el tema bastante a fondo, sólo que mi entorno era el de Buenos Aires y allá no ocurrían las cosas a ese nivel de gravedad

–dijo Oscar.

-Pero usted estuvo en Francia cuando tocó con el Hot Club –dijo Mujía.

-Sí, pero en Europa nada de eso pasó, todo era cuestión de las mafias de distinta índole que se habían armado en los Estados Unidos; como las que derivaron del problema con el alcohol, también las hubo con la droga de aquellos tiempos. Y las que se organizaron para copar los establecimientos bailables, fueron mucho más bravas de lo que trascendió a la gente común.

-No hay que olvidar que era un país en pleno crecimiento y se movilizaba mucho dinero y poder. Todos querían ser dueños de las mejores tajadas –dijo Oliva.

-Bien, entonces, ahora que estamos acá, organicemos algo –dijo Alemán.

-¿Usted qué tipo de cosa quiere organizar? –preguntó el Mujic intrigado.

-Yo quisiera tocar. Armar una presentación musical o algo así. Habría que conseguir un bajo y un “segunda guitarra”, además de un lugar.

-Es factible, pero no demostremos ser amigos entre nosotros. Ante cualquier problema ustedes son clientes nuestros de la oficina para sudacas, como nos llaman por acá. Por lo pronto los invitamos a ir al Café Negro esta noche misma –dijo N.B.

-Aceptamos -dijeron entusiasmados los músicos.

-Estén allí alrededor de las diez. Aparezcan como cosa de ustedes y con nosotros nada. Observen, disfruten y callen.

-Tranquilos. Sé cómo conducirme con esa gente –dijo Alemán.



Cap. 38



Al día siguiente en la oficina. Norberto, todavía en la cama, abre un ojo. El resplandor del día atraviesa la cortina en la ventana. Mujía resopla dormido al lado suyo.

-Me juro a mí mismo que de hoy no pasa el cambio de camas ¿Me oíste primo? Ya estoy harto de aguantar tu sueño pesado. Lejos de mi mujer y mis hijos y encima soportar tus ronquidos. Por lo menos en mi casa el que ronca soy yo y la que se queja es mi esposa. Me estoy fijando dos metas: la primera, el cambio de cama y...

-¿La segunda? –preguntó Mujía medio dormido.

-Una semana de plazo. Si de aquí a una semana no descubrimos un por qué a la muerte de Julio Baxter, doy por finalizada mi participación en el asunto y me vuelvo a Baires.

-Serías capaz de abandonar y dejar solo a tu primo en esto.

-No tan solo. Ahora con la colonia argentina que establecimos en Jackson Heights, tenés una patrulla a disposición para continuar.

-Pero vos sos la pieza clave por muchas razones y la principal, el idioma ¿Quién se podría entender mejor con Paul Whiteman cuando vuelva a aparecer?

-No sé, pero yo me voy.

-A propósito, ¿qué te pareció anoche con Oscar y Hernán? Creo que se salían de la vaina por tocar.

-Sí, sin duda; a mí me pareció lo mismo. Además, ¿te fijaste lo cómodos que estaban?

-Ni mosquearon cuando aparecieron a tocar los hermanos Jacquet.

-Es que deben estar acostumbrados, los deben ver seguido en donde sea que estén –dijo el Mujic.

-Puede ser. A mí se me cayeron las medias cuando Illinois atacó el solo de tenor en Robbins Nest.

-Sí, a mí también... y las entradas de piano de Sir Charles Thompson, dios mío ¡Qué genio!

-En fin, creo que sería muy bueno que Oscar y Hernán estuvieran cuando vuelva a aparecer el gordo Whiteman –dijo Bettinelli.

-Es cierto, tendrían que estar.

Se levantaron y prepararon el desayuno. Ese día tenían que buscar otro alojamiento para los dos músicos; distinto al de Carlos y Porche. Y luego pensar en una reunión de música con Alemán y Oliva, ya que así se habían comprometido.

Sonó el teléfono. Era Porche preguntando qué harían ese día. A Bettinelli se le ocurrió que él podría encargarse de buscarles un nuevo alojamiento a los músicos.

-Hagan eso con Carlos. Con discreción. Un lugar que no sea muy lejos, para tener contacto rápido entre todos, pero tampoco demasiado cerca que despierte sospechas –le dijo M.J.

-Bien –aceptó Porche-. De paso lo saco a Carlos a ventilarse un poco y que vaya conociendo la ciudad.

-Listo. Acá con el Mujic resolvimos salir a contratar el salón del polaco Zatopek para encarar un pequeño festival con el dúo Oliva-Alemán y también conseguir un par de músicos más que les hagan de apoyo.

-A propósito de eso, Carlos me dijo que él quiere participar con sus poemas sobre Jazz. Dice que en Baires hizo en otras épocas presentaciones de música con lectura de poemas.

-Pero cómo, ¿no era que ustedes de jazz nada de nada?–. Preguntó N.B.

-Sí, pero me contó que cuando se quedó solo en Buenos Aires investigó sobre temas de Jazz y escribió algunas cositas relacionadas.

-Mirá vos con la sorpresa que nos sale el tapado de Carlos, las vamos a escuchar con gusto, pero antes de presentarlas en público –dijo Norberto desconfiado.

Luego se lo comentó a Mujía. A este le pareció buenísima la idea.

-Extraordinario. Puede atraer a muchos fanáticos. Tenemos que hacer una buena promoción, hay que poner afiches en la puerta del salón del polaco y allí mismo, en la calle, repartir volantes.

-Bien. Vamos a estudiar un poco quiénes de nosotros participaremos. No podemos figurar todos, sería un gran deschave de nuestra relación– dijo Bettinelli.

-Supongo que como vos y yo tenemos que estar sí o sí, sólo podría quedar afuera Porche.

-De acuerdo. La otra cuestión es buscar un bajista y otro guitarrista.

-Creo que lo mejor será publicar un aviso en el diario local con nuestra dirección de la oficina –propuso Mujía.

-Buena idea. Hagámoslo ya mismo y que salga mañana. Vayamos primero a ver cuándo tiene libre el salón el polaco.



Cap. 39


(Leer escuchando el CD “Reliquias” Vol.1 por Oscar Alemán)


Pensaron que Porche, convenientemente disfrazado, podría repartir los volantes en la puerta del “Itsvêzca”, el salón del polaco. Y allí estaba, ahogándose de calor dentro de un traje tipo frac, con galera, pantalón a rayas verticales y levita negra, de esas con dos colas puntiagudas atrás. Era una especie de Al Jolson bonaerense. Se sentía ridículo y se conformaba pensando que estaba lejos de Buenos Aires, ningún conocido lo veía y lo hacía por su amigo muerto. Los volantes decían:


JAZZ

Reunión de Música

y Poesía

en el salón Itsvêzca

A cargo del cuarteto de cuerdas de

OSCAR ALEMÁN y HERNÁN OLIVA

Poemas de y por CARLOS


Los afiches igual, pegados en las paredes, con el agregado de unos dibujos de instrumentos y otros aditamentos gráficos.

Mientras tanto, el Mujic y Bettinelli aguardaban en la oficina que aparecieran músicos a postularse como acompañantes de Oscar y Hernán. Se presentaron once en total: cuatro bajos y seis guitarras. De los bajistas, uno solo fue con el antiguo contrabajo de pie. Lo habrían elegido si no hubiera sido por lo terriblemente desafinado. Separaron a dos guitarristas y dos bajistas y les dijeron que debían presentarse al día siguiente para una prueba con otros músicos. En dos días más querían hacer una prueba con el cuarteto e incluir a Carlos leyendo sus poemas. Estaban muy intrigados por saber de qué se trataba. Esos días terminaron exhaustos y no les quedaba resto para ir al Café Negro. Esto era preocupante. Querían volver a encontrarse con Paul Whiteman. De todos modos, decían, la movida del salón podía ser fructífera en acontecimientos; nunca se sabía con qué podían salir los morochos de la mafia del Jazz. Por fin tuvieron todo listo esa semana: Alemán y Oliva ensayaron con los acompañantes y se quedaron con dos de ellos. Carlos leyó frente a todos con gran desenvolvimiento y dado que se trataba de poemas cortos, les pareció soportable y hasta original. Intercalarían un poema cada tres o cuatro temas musicales. Bettinelli, como en la conferencia, vendería las entradas y Mujía Jackson estaría a cargo de la presentación de los que actuaban. El “cuento” era que se trataba de una recaudación de fondos para la edición de un Libro del Jazz en Jackson Heights. Porche tendría que hacer de simple espectador, cosa que hasta podía ser buena para que uno de ellos, al menos, observara la reunión que comenzaría a las ocho de la noche y duraría unas dos horas.

La gente fue llenando el salón Itsvêzca, curiosa por ver y escuchar a estos músicos argentinos y la anunciada lectura de poemas. El polaco merodeaba por allí restregándose las manos; ya que como alquiler cobraba un porcentaje de lo que se recaudara y luego del éxito de la conferencia había conseguido más sillas para que no faltara lugar en donde sentarse. Bettinelli se había tomado el trabajo de traducir los poemas de Carlos y los entregaba junto con las entradas, para que nadie quedara sin entender el sentido de esa lectura. A las ocho en punto el Mujic apareció en el escenario y presentó a los músicos como al “Cuarteto Argentino de Cuerdas”. Se apagaron todas las luces y un foco directo iluminó un sector del escenario al descorrer el telón. Allí, de pie, Oscar Alemán con impecable traje blanco y corbata negra, señalaba a sus tres compañeros vestidos con pilcha negra. Un rumor recorrió la sala y Porche –que estaba sentado en la platea, entre la gente- luego comentaría que se debió a la sorpresa de que Alemán fuera un morocho, cosa que no esperaban de un argentino. Atacaron con “Improvisaciones sobre Boogie-Wogie”, del propio Oscar. Luego le siguieron “Toque de clarín” y “Comienzo a darme cuenta” el famoso tema de Harry James y Duke Ellington. El aplauso fue cerrado y el foco de luz se apagó al mismo tiempo que se encendía en otro lugar del escenario, para iluminar a Carlos sentado en un taburete, que leyó:


Violines y guitarras


Desde el coche sin luz

hasta la casa enjaulada

recordaré abril

Luna triste

tú me has desilusionado.


El público se sintió sorprendido con esto. Era inesperado. Por lo general se iba a escuchar sólo música. Alguien, seguramente más impactado que ninguno de los presentes, comenzó un aplauso solitario que duró unos segundos de hielo; luego lo siguió otro, y otro; otros más se fueron agregando y estalló toda la sala con aplausos y silbidos de aprobación, tal la costumbre en el ámbito del Jazz. La discreta combinación de la música amada con textos que tenían que ver con la misma, los cautivó.

Nuevamente el juego de luces dejó al descubierto al pequeño grupo de músicos que atacaron con “Limehouse Blues”. Hernán Oliva, literalmente, bailaba sobre su violín. Para el que haya escuchado alguna vez este impactante tema de Philip Braham, seguramente no habrá palabras que lo describan. Baste decir en todo caso que fue preferido por el Hot Club de Django Reinhardt. La ejecución de Oscar y Hernán esa noche fue bajada desde vaya a saberse qué ámbito del cosmos en donde ellos se encontraran y los presentes así lo sintieron sin dudas. Luego siguieron “Señora sea buena”; “Rosa Madreselva” y el “Saint Louis Blues”. Los comentarios están de más. El teatro se-venía-abajo. Y otra vez el cambio de luces dejó a un Carlos dueño de la situación que leyó con la mayor soltura y sentimiento:


Nada más


un poquito de swing

con Oscar

en el Molino Rojo

Comienzo a darme cuenta

desde los cielos azules

cae polvo de estrellas

...¿ Quién está triste ahora ?


Otra vez la ovación cerrada tanto para músicos como para el “poeta”. Esta vez Bettinelli ordenó un nuevo enfoque sobre el sector de lectura y esto obligó a Carlos a saludar con una inclinación de cabeza al público exaltado. Después anunció un descanso y todos se retiraron del escenario dejando los instrumentos a la luz del foco como una promesa de, ¡más!.

Cuando volvieron a salir fueron largamente aplaudidos; lo que daba la pauta de la aceptación de la gente. El Cuarteto arrancó tranquilo con “Noche y Día”, luego siguieron “Cielos Azules”, “Polvo de estrellas” y “Té para dos”. Cualquier entendido sabe de la seducción de estos suaves temas. Nuevamente el turno para Carlos que leyó:


Nena


¿ Estás de humor para alguna de esas cosas?

Hay un pequeño hotel

en el que mejilla a mejilla

no puedo darte más que amor.


Nuevamente los aplausos fueron catarata y el Mujic hizo su aparición para decir que algunos de los temas eran de autoría del propio Oscar Alemán. Tal el caso de “Improvisaciones sobre Boogie” y “Scartunas”. Se venía el final; habían pasado dos horas y nadie era consciente de ello. La sala vibraba. En eso Oscar Alemán se adelantó y pidió silencio. Mujía y Bettinelli temblaron entre bambalinas.

-Es un gran gusto el que sentimos con mi compañero, el violín Hernán Oliva, de estar aquí contra toda lógica y creemos que es porque se nos da la oportunidad vaya a saberse por qué, de demostrar que no hay tiempos en el sentido ortodoxo, cuando de arte se trata. Al irnos, tanto él como yo sentimos que todavía teníamos mucho por entregar. Pero así son los tiempos en que nos han encerrado a los humanos y no se nos da opción para evadirlos. Sólo casos como el que nos trae hoy ante ustedes -Carlos, Porche y los primos, permanecían en suspenso-, da lugar a entregarles nuestro don. Con el mayor gusto. Que lo disfruten.

Oscar volvió a su lugar de ejecución y el Mujic con gran alivio anunció los tres últimos temas: “Scartunas”, “Paso del tigre” y “Quién está triste ahora”. No caigamos en lugares comunes ni frases remanidas, que para eso están los vulgares relatos deportivos y comentarios televisivos. Preferimos remitir a los lectores de esta historia -que a la vez se interesen por el tema- a escuchar la música sugerida.

El público no quería que se fueran y pedían más, pero el tiempo inexorable estaba cumplido y tanto el Cuarteto Argentino como el lector se retiraron por el foro, como dicen en teatro. Ya en los camarines, en donde los involucrados se habían refugiado a descansar un rato, Oscar y Hernán fueron abordados por tres conocidos de Bettinelli y el Mujic. Eran nada menos que el petiso rechoncho, el grandote camión y el flaco lungo de la refriega en el Café Negro. Los invitaron a tocar en el Café Negro esa misma noche. Eran las diez y media de la noche. Los músicos se consultaron entre ellos y aceptaron con la condición de que lo que se facturara en consumición mientras ellos tocaran, fuera para el “fondo editor del libro de jazz”. El trío estuvo conforme y se retiró.

-Estos tres son de la mafia negra –les dijo Oscar Alemán a los demás, una vez que aquellos desaparecieron.

-¿Está seguro? –preguntó Bettinelli.

-No les quepa la menor duda. Sé de lo que estoy hablando.



Cap. 40



Había una atmósfera especial esa noche en el Black Coffee. Se podía palpar. Yiddle en el bar agitaba los cacharros preparando tragos y algunos en la barra, ya medio mamados a esa hora, cantaban: “Don´t Fiddle with Yiddle He´ll riddle your middle” (No juegues con Yiddle porque te agujereará por el medio). Muchos nunca supieron si se hacía referencia al revólver en la sobaquera que se traslucía debajo de su chaleco; o al efecto de sus cockteles perforantes. Las morenas de las polleritas rojoscuro circulaban entre las mesas portando bebidas en las bandejas. El local estaba repleto y es que entre otras cosas se decía que esa noche aparecería a tocar Fats Waller. Largamente esperado por todos, se lo había convocado en muchas oportunidades y nunca había asistido. El Mujic y Bettinelli, que ya no se sorprendían demasiado por los personajes que se sucedían en el Café Negro, recibieron la noticia con gran gusto. Era uno de los pianistas más venerados de las primeras épocas. Pero estaban intrigados sobre cómo superpondrían al cuarteto de Oscar.
En realidad el primero en llegar después de la reunión en el salón Itsvêzca fue Porche, quien desoyendo a sus amigos quiso asistir a toda costa, arguyendo que se veía venir algo importante y no se lo podía perder. De todos modos estaba ubicado en el extremo contrario de la barra en el que se acodaron Mujía y Norberto al llegar. Luego apareció Carlos. Venía solo y los primos se interrogaron con la mirada. Pero no quisieron ir hasta la mesa a la que se sentó. Cuanto menos llamaran la atención, mejor sería. Alrededor de la media noche Ambrose tomó el micrófono y anunció al esperado sexteto de Thomas “Fats” Waller. La barra aplaudió con fuerza a esta gran figura, y Waller con su sonrisa histriónica habitual ocupó el taburete, cabeceó en dirección a sus músicos y largó con “Dulce Susana”. La ovación de los fanáticos le dio pie a continuar casi pegado con “Nagasaki” y “Rosa Madreselva”, de la que –ya se sabe- es autor. Después hizo un parate para que le sirvieran un gin y conversó con algunos parroquianos de las mesas más próximas al entarimado donde tocaba. La fuerza de su mano izquierda famosa quedó evidenciada en su música una vez más y los admiradores querían rozarse con el afable “gordo”. Le siguieron las canciones “Me sentaré a escribirme una carta” y el melancólico “Solitario”. Entonces quiso hacer un descanso, pero no se fue del todo, se quedó dando vueltas por el salón saludando a unos y a otros. Ambrose aprovechó para hablarle sobre los músicos argentinos que iban a tocar esa misma noche invitados por un sector del público, y Waller dijo que para él no había problemas y que sólo deseaba tocar algunos temas más que había preparado para la ocasión. Bettinelli y el Mujic trataban de enterarse de todo lo que se hablara entre los organizadores, pero no podían “pegarse” a las conversaciones que estos mantenían, y seguían con la intriga sobre la actuación de Oscar y compañía. En un momento Waller volvió a su piano y arremetieron con “Esto no está mal” (Ain´t misbehavin´), el famoso del propio Waller y Razaf, con el que escribió unos cuantos temas. Después siguieron “Manojo de llaves”, “Do Me a Favour” y varios más hasta que Fats con una sonrisa de oreja a oreja, bajó la tapa del piano, giró con el taburete y mirando de frente al público con sus manos apoyadas en los muslos y esa ternura tan clásica en él, dijo “Gracias, estaré siempre con ustedes”. Había transcurrido más de una hora y media en esta segunda etapa y nadie lo había notado. Los parroquianos le pidieron que siguiera tocando, pero él se levantó diciendo que “tal vez luego” y se fue a sentar a una mesa junto a otros. Sus músicos se diluyeron entre los asistentes pero ninguno se retiró. La noche daba para más. Carlos se había entusiasmado con la personalidad del “Gordo” Waller y le pidió a Bettinelli que le tradujera al castellano los títulos de los temas que se habían tocado. Estuvo garabateando un rato y fue a hablarle a Ambrose. Luego este fue al micrófono y anunció:
-El Cuarteto Argentino de Cuerdas que algunos tuvieron el gusto de escuchar hoy en el salón Itsvêzca, se halla aquí presente y va a tocar invitado por la casa y un grupo de habituales concurrentes. Mientras ellos hacen sus preparativos vamos a escuchar a otro argentino que impactado por el querido “Fats”, nos va a leer algo. Los dejo con él.
Carlos se adelantó y leyó:

Al piano


Mientras el club se estremece

me sentaré solitario

a escribirme una carta

... esto no está mal

dulce Susana

Devuelve mi manojo de llaves

para que te nombre.


Los aplausos no fueron pocos, sobre todo a cargo de los que habían estado en el Itsvêzca y lo habían escuchado recitar, y además reconociendo temas habituales en Fats Waller. Pero la atención ya estaba siendo ocupada por Oscar Alemán, Hernán Oliva y los dos acompañantes que desenfundaban sus cuerdas sobre el entarimado.

El arranque de Oscar y su gente fue a todo vapor. Nada menos que “Limehouse Blues”. Todo el bar quedó estupefacto e hizo silencio con los primeros acordes para poder escuchar mejor. El propio Waller paró la oreja y prestó la mayor atención al negrito que se movía con su guitarra y swingueaba de lo lindo mientras daba exclamaciones de arenga a sus músicos. Después se lo escuchó haciendo scat en el “Saint Louis Blues” y Oliva reventó el violín en “Toque de clarín”. Siguieron con “Paso del tigre” y el salón se venía abajo. Las cervezas corrían a troche y moche. Entonces se lo vio a Fats Waller saltar al entarimado y sentarse al piano llamando a dos de sus músicos. Se pusieron a seguirlo a Oscar cuando tocaba “Scartunas” a toda máquina y luego Waller y sus músicos tocaron “El Club se estremece” del propio Fats, en cuyo caso el cuarteto de Oscar los acompañó con el mejor de los remolinos, ya que el tema se prestaba al barullo a lo grande.



El Mujic y Bettinelli, por un lado hervían por lo que se estaba viviendo alrededor de la música amada, pero preocupados por la atención que había ocupado la “colonia argentina”; lo cual iba en contra de la discreción que pretendían para sus averiguaciones. Mientras comentaban esto en la barra dando cuenta de su quinta vuelta de naranjada alcoholizada, se les arrimó de golpe el esperado Paul Whiteman. Casi derraman sus vasos de la sorpresa.

-Amigos, veo que no han seguido mis consejos y se han quedado por aquí. Tengo poco tiempo antes de ser advertido por los negros ¿A propósito, de dónde sacaron al cubano de la guitarra? Es buenísimo.

-Oiga. No es cubano, es argentino, ¿le gusta?

-Oh, sí. No tiene nada que envidiarle a los mejores.

-Es bueno que usted haya aparecido por aquí. En realidad hace rato que lo queríamos ver. Estamos convencidos que tiene mucho que ver en la muerte de Julio Baxter, sobre todo porque nos enteramos que estuvo presente en la casa de antigüedades cuando lo ejecutaron –dijo Bettinelli

-¿Cómo saben eso? Era un secreto.

-Nos lo dijo el anticuario que nos contó aquel momento.

-Ese desgraciado. Le hice jurar que no comentara con nadie lo sucedido.

-Le habremos caído bien –dijo con sorna el Mujic.

-¿Y por qué?, ¿a qué se debió la orden? –agregó N.B.

-Al temor a la mafia negra. Y ya en estos momentos ustedes están levantando más que sospechas. Se les fue la mano en la cantidad de gente que involucraron y precisamente como me pesa esa muerte equivocada, quise evitar que pasara lo mismo con alguno de ustedes – dijo Paul Whiteman. A todo esto el grandote, el petiso y el lungo del trío de los negros, los habían rodeado y parecía un poco tarde para abrirse.

-A vos gordo desgraciado ya te dijimos que no aparecieras más por acá –dijo el petiso rechoncho.

-Ya me estaba yendo. Vi a estos conocidos y me arrimé a saludarlos –dijo P.W. muy nervioso, pero como tenía a sus espaldas y pegado a él al gordo camión, no pudo moverse.

-Ya que pareces tener cierta influencia sobre ellos, diles que mañana mismo abandonen Jackson Heights, de lo contrario alguno de ellos pasará del “otro lado” –le dijo a Whiteman el flaco lungo.

-Oiga, él no tiene ninguna influencia sobre nosotros y sus amenazas no nos asustan –dijo Mujía.

Bettinelli se lo comió con la mirada y contemporizó.

–Nos quedaríamos tranquilos y nos iríamos si nos dicen el por qué de esa muerte –arriesgó tratando de apurar a los negros.

En eso, Oscar, que se dio cuenta lo que ocurría en la barra entre los personajes que había señalado como de la mafia y los argentinos, bajó su guitarra y mientras los demás seguían tocando, se dirigió al grupo.

-¡A ustedes los conozco bien e imagino lo que quieren. Les advierto que si algo les pasa a mis amigos, se la tendrán que ver conmigo! –increpó Oscar al petiso.

Mujía y Bettinelli se miraron sufriendo por lo que pudiera venir a continuación.

-Creo que lo mejor es que usted se vaya –le dijo Norberto por lo bajo a Paul Whiteman.

Pero desde las mesas, ya se estaban acercando unos cuantos negros más con aspecto amenazaste. Whiteman se asustó y quiso escapar por atrás de la barra. El negro camión lo agarró por el cuello del saco y lo sacudió con fuerza, trayéndolo de nuevo al centro del ruedo. Algunos morochos lo rodearon como para pegarle, pero Mujía y Bettinelli se interpusieron, lo cual molestó al morochaje que comenzó a empujar a los primos con bastante violencia. Viendo esto,


Porche y Carlos, desde distintos lugares del salón, saltaron al medio del enfrentamiento y comenzaron a tirar piñas como para alejar a los negros, pero estos lejos de retroceder respondieron con manotazos al voleo, uno de los cuales dio en P.W. que cayó al suelo. Bettinelli aprovechó para cubrirlo y darle tiempo a escapar. Yiddle, que no había intervenido hasta el momento, sacó su revólver de la cartuchera y al grito de ¡Yahoo!, ¡Yahoo!, ¡Yahoo!, efectuó cinco disparos al aire. Nadie se inmutó y por el contrario se agregaron más parroquianos a la refriega. Ya las trompadas se habían generalizado, mientras Fats Waller, Hernán Oliva y los otros músicos, muy divertidos echaban leña al fuego tocando “El Club se estremece”. Ambrose corría de un lado al otro tratando de atemperar los ánimos y algunos parroquianos con sus mujeres abandonaban el lugar con precipitación. La batahola se había extendido a gran parte del salón, ya que los que se quedaron era por ganas de participar en las piñas y aunque nunca se supo quienes estaban involucrados en la mafia, –además del trío que ponía la cara- con seguridad había unos cuantos más. Oscar Alemán daba saltos alrededor y donde podía metía un tortazo. Bettinelli que no era de los que se destacaban a la hora de las trompadas, ligó un planazo que lo derribó y fue a parar debajo de una mesa; cuando reaccionó se encontró cara a cara con Whiteman que se había refugiado allí.





-¡Usted todavía por aquí! Creí que había conseguido escapar –le dijo.

-¡No pude! Sólo atiné a quedarme quieto acá abajo después de caer.

-Creo que si no aparece la policía, estamos sonados –dijo N.B.-. Pero ahora que estamos acá y quizás nunca más vuelva a verlo, ¿me puede explicar el meollo de toda esta situación?

-Usted siempre me cayó bien ¿Qué quiere saber? –dijo P.W.

-Por qué causa mataron a Julio Baxter –dijo Bettinelli.

-Bix era demasiado buen músico para ser un blanco según los negros, y para ellos, él robaba espacios que les correspondían. En esa época el negocio de la música de jazz era muy cruento, como lo fue el del alcohol a partir de la “ley seca”. Bix tocó para mí y usted lo sabe tan bien como yo; luego de 1925 comenzaron a perseguirme y hacerme la vida imposible. Decían que lo mío no era jazz; pero la bronca venía del éxito que tenía, arrastrando la mayoría de la gente en los salones de baile. Usted ya me reconoció. Tuve la suerte de que, talentos como Bix, Trumbauer, Tommy y Jimmy Dorsey, Joe Venuti y Eddie Lang entre otros, tocaran para mí. Por otro lado, la vida particular de Bix era bastante conocida, siempre estaba de juerga y como cualquier otro joven desdeñaba cuidarse. En cuanto a su relación con Jean Harlow, lo que trascendió fue que luego de un intento de Bix de noviar con ella y llevar una mejor vida, siguió arrastrado por su afición a la bebida y el tabaco y la relación murió –contó Whiteman.

-Como él. Pero eso no aclara mi pregunta, y además ¿qué hacía usted en el lugar del crimen?

-Supe que la mafia iba a liquidar un saldo viejo y quise impedirlo. Qué quiere que le diga, hay cosas que no manejamos en el tiempo y tal vez haya sido una espantosa equivocación. Y ahora le diré lo que voy a hacer para expiar la parte que me corresponda de culpa –dijo Paul Whiteman-. Salga de aquí y avise a sus amigos que estén preparados a huir, yo sé cómo distraer a la mafia negra y ustedes aprovecharán para escapar ¡Háganlo por la puerta de entrada! ¡Apúrese!

Norberto salió de debajo de la mesa y evaluó la situación. El Mujic, Carlos, Porche y Oscar luchaban a brazo partido y lo único que los ayudaba era que los morochos estaban bastante borrachos como para acertar todos los golpes. Además muchos de los parroquianos blancos peleaban de su lado. Bettinelli como pudo fue avisando a los argentinos que, cuando vieran aparecer al gordo Whiteman, corrieran todos hacia la puerta de entrada. Fats Waller había desaparecido y Oliva permanecía sentado lejos de la batalla. Justo en el momento que lograron juntarse los argentinos espalda contra espalda, salió de debajo de la mesa P.W. y haciéndose ver, corrió por detrás de la barra en dirección de la puerta trasera. Los negros corrieron todos detrás de él. Los argentinos a la orden de Bettinelli salieron disparados a la puerta del frente y aparecieron en la calle, en la que no había ni un alma. Corrieron a la esquina de la avenida desesperados por un taxi; por suerte para ellos apareció uno, cuando ya salían del Café Negro unos cuantos que se avivaron de la jugarreta. Alcanzaron a meterse todos, Porche, Carlos, Oliva, Oscar, Mujía y Bettinelli y el coche arrancó velozmente a la orden de ¡A cualquier lado pero ya! Los morochos quedaron atrás mostrando sus puños.

-¡Debemos ir cada uno a su hotel y hacer la valija en un minuto! –dijo Bettinelli-. ¡De allí todos al aeropuerto sin perder ni un segundo!, estando allá no correremos peligro!

-Ojalá haya un avión para Chicago – dijo Porche.









Cap. 41



Era la madrugada del último día del verano en Jackson Heights. Oscar Alemán y Hernán Oliva fueron los primeros en el aeropuerto. Prácticamente no habían llevado nada aparte de sus instrumentos. Se los veía muy tranquilos y contentos. Después llegaron el Mujic y Bettinelli. Fueron los cuatro a averiguar por avión a Chicago; por suerte salía uno en cuarenta minutos y había plazas disponibles. Al ratito aparecieron Carlos y Porche y mientras volvían a las cajas para sacar los pasajes, Edgardo anunció que él se quedaría.

-Cómo es esto, ¿para qué? -preguntó Mujía.

-Me voy ahora mismo a Lake Forest. No puedo dejar a las Harlow sin hablar con ellas. Después me las arreglaré para viajar de vuelta sin hacerme ver.

-Pero, es peligroso. Los negros nos deben andar buscando por toda la ciudad –dijo Bettinelli.

-Es lo que yo le dije, pero él insiste en quedarse –terció Carlos.

-Precisamente. Lo que menos van a pensar es que alguno de nosotros no trata de escapar –arguyó Porche-. Siento que es violento irnos sin verlas después de lo que revivieron por nosotros.

Los otros cinco se miraron y pensaron que tenía razón. Bettinelli le recomendó que fuera ya mismo a la terminal de buses y viajara con el primer micro. Porche los abrazó a todos y salió corriendo a buscar un taxi. En los altavoces se escuchaba ya el llamado para abordar el avión a Chicago y apresuradamente terminaban de despachar el equipaje, cuando irrumpió en el salón un grupo de hombres entre los que estaba el trío de la mafia.

-¡Vamos!, ¡vamos! ¡Apuren el expediente, miren quiénes aparecieron por acá! –dijo Mujía, mientras el último de ellos pasaba por la puerta de acceso al sector de embarque. En eso los morochos los vieron y corrieron hacia el lugar, pero los guardias les impidieron el paso y se tuvieron que conformar con agitar sus puños y gritarles amenazantes. No los verían más.

Ya en el avión se derrumbaron cansados en los asientos y no hablaron hasta llegar a Chicago. Estaban destruidos. La noche había sido terrible. Por suerte para ellos salía un avión a Buenos Aires con escala en Lima en una hora. Allí, Oscar y Hernán anunciaron su decisión de quedarse por ahí unos días.

-Ustedes ya no nos necesitan y queremos visitar los viejos locales del South Side, donde tocaron King Oliver, Jimmy Noone y Louis Armstrong a comienzos de siglo –dijo Hernán Oliva. Es la segunda catedral del Jazz después de Nueva Orleans.

-Sé que los mantienen como museos del jazz, pero funcionando. Sería bárbaro poder verlos; el Savoy Ballroom, el Dreamland Cafe... –dijo el Mujic.

-¿Por qué no se quedan con nosotros? –los tentó Oscar-, sería bueno pasar una semana más con ustedes.

-Bien que me gustaría, pero me está esperando una familia y un trabajo –dijo N.B.

-A mí también me esperan en la radio –agregó Mujía- y por otro lado no tenemos ni un mango partido al medio –enfatizó.

-Nos veremos quizás alguna vez a recordar las noches del Itsvêzca y el Café Negro –dijo Oscar Alemán.

-Y cuando hagan un festival en Baires, inviten –agregó riendo Hernán Oliva. Se dieron un abrazo, media vuelta y desaparecieron entre el gentío del aeropuerto.

El avión carreteó unos segundos y con un rugido se elevó hacia el cielo del hemisferio norte, una gran curva y enfiló al sur. Carlos, el Mujic y Bettinelli, en la hilera de tres asientos, recorrían mentalmente todo lo vivido.

-Pero... ¿Estás llorando? –preguntó Norberto a su primo.

-¿Sabés qué pasa?, es nostalgia, esa música, otras épocas, tal vez las más felices... sólo que en aquel momento no lo sabía. Uno cree que lo mejor está por venir, ¡falta tanto para la vejez y el final! Es un poco cursi...

-Bastante –dijo N.B.

-Pero me siento agarrado en aquel sentimiento; lo revivo y siento que fue lo mejor que me pudo pasar. Disculpame, con la edad se agudizan los sentidos del recuerdo y el revival es inevitable... No es que ahora no sea feliz, después de todo hago lo que más me gusta hacer; pero es otra cosa, a uno le queda la impronta, el escalofrío de una mano apretada con el calor juvenil. Todo eso se va perdiendo con el trajinar y cuando te querés acordar, sos un viejo con nostalgias de otras épocas, tal vez no mejores pero auténticamente tuyas, solamente tuyas –dijo el Mujic.

-Y por eso “el-jazz-te-entristece”.

-Sí, the Jazz me Blues.



<......................................FIN......................................>




Dedicado a Norberto Betinelli, mi primo en vida.


Prohibidasureproducción - ISBN 978-987-24452-0-1


Este libro está en venta en las librerías de Bariloche al valor de $30.-

Envíos sin cargo dentro del país-


Contactoescribiente@speedy .com.ar




No hay comentarios:

Publicar un comentario